“Y la esperanza no quedará defraudada” (Rom 5,5)

autor: Avy Snyder

La esperanza da al ser humano fuerzas para vivir. Uno de los desafíos de la cristiandad es dársela al mundo. Para poder hacerlo, nosotros mismos tenemos que poseerla.

 

En los Hechos de los Apóstoles (27,9-27) podemos leer sobre la situación en que se encontró un barco que iba a Roma con el apóstol Pablo a bordo. A pesar de las advertencias de San Pablo, el barco empezó su viaje en el otoño ya avanzado y, como consecuencia de ello, se encontró en medio de una gran tormenta. Al principio, los marineros se esforzaron por salvar el barco, pero en seguida se vieron forzados a echar por la borda los aparejos del mismo, al igual que el cargamento. Pasados muchos días en que la tormenta no dejaba de arreciar, empezaron a perder la esperanza (v. 20). No se podía hacer nada más y ya no les quedaba esperanza ni de que cambiara el tiempo, ni de que el barco se salvara. Fue en ese momento cuando Pablo se dirigió a los marineros, procurándoles ánimo. A primera vista, sus palabras no transmitían ninguna esperanza: Pablo empezó por ofrecerles una advertencia y anunció el hundimiento del barco. No olvidemos que Pablo era judío y es posible que hubiera podido hablar sarcásticamente, empleando estas palabras: “¡Escuchad! Tengo para vosotros una noticia buena y otra que es mala: este barco se va a hundir, pero vosotros os vais a salvar”. No obstante, antes de comunicárselo, tuvo que decirle a esa gente que no habían tenido razón y que tenían que reconocer su error. Si hubieran seguido el consejo de Pablo, nunca habría habido problemas.

 

Merece la pena fijarse en la persona a la que escuchó el centurión, mientras se estaba tomando a la ligera las advertencias del apóstol. Los versículos 21, 11-12 nos informan de que trató más en serio lo que le dijo el timonel. Al fin y al cabo, suponía que un timonel debía ser un especialista en valorar las diversas condiciones del tiempo. El centurión también se fijó en lo que dijo el propietario del barco. Como es sabido, los hombres ricos siempre llevan toda la razón. Al fin y al cabo, escuchó la voz de la mayoría (una mayoría no podía equivocarse). Sin embargo, resultó que ni el dinero, ni la experiencia, ni una votación democrática podían salvar el barco del arreciante huracán. Sin embargo, sólo les faltaba escuchar la voz de Dios, el cual se estaba sirviendo de la persona de San Pablo.

 

Es fácil observar que las sociedades occidentales de hoy actúan como ese centurión. Al no dar importancia a la Palabra de Dios y rechazar las soluciones bíblicas que se ofrecen a varios problemas humanos, muchos países no reconocen ninguna autoridad que no sean el dinero y el éxito, apoyados por la voz de la mayoría. Parece como si la gente haya olvidado cuál es el fin último de la vida en este mundo y se han dejado llevar por la ilusión de que el dinero, la ciencia y la tecnología son la meta y la razón de su existir. Por eso, frente a la crisis económica, al calentamiento global, los cataclismos, las epidemias y otros “huracanes”, la gente deposita toda su esperanza en sí misma. Sin embargo, Pablo dirige a todos su mensaje de una verdadera esperanza: los esfuerzos no sirven para nada, el barco se va a hundir, pero nosotros nos vamos a salvar.

 

Antes de que Pablo revelara a sus compañeros de viaje esa esperanza, primero tuvo que advertirles con severidad: “Teníais que haberme escuchado más al principio”. Se trata de que el hombre, antes de aprovecharse de la esperanza dada por Dios, tiene que reconocer su error. Tengo que reconocer que no tenía razón cuando me ajustaba a lo que decía la gente, después cambiar mi actitud y empezar a escuchar a Dios. Mis compatriotas judíos, cuando se enteran de que creo en Jesús, el Mesías judío, me preguntan a menudo: “¿Quieres decir que tú tienes toda la razón, mientras que todos nuestros sabios y rabinos, que no creyeron en Cristo, han estado equivocados durante más de dos mil años?” Y les contesto: “¡Eso es exactamente lo que quiero decir! Estábamos equivocados, ¡pero ahora es tiempo para que lo reconozcamos y empecemos a escuchar a Dios y no lo que diga la gente!”. ¡Cuanto antes lo hagamos, menos pérdidas sufriremos!

 

Volvamos a Los Hechos. ¿Cómo sabía Pablo que tenía razón? Pues él mismo lo explica, refiriéndose a Dios, a quien servía y a quien pertenecía. El sentido de la vida de Pablo era servir a Dios a través de Jesús, mientras que la meta de su viaje era evangelizar Roma, de acuerdo con el proyecto del Señor. El plan de Dios no podía fracasar. Un fracaso así nunca hubiera sido posible y Pablo ni siquiera pensó que podía ser de otra manera.

 

Los planes de Dios se tienen que realizar, independientemente de cómo se comporte la gente. Ni los errores humanos más estúpidos, ni la oposición del ser humano, por muy poderosa que sea, pueden impedir que los planes de Dios se realicen. El razonamiento de Pablo era muy simple: Tengo una cita prevista en Roma y tengo que llegar allí. Vosotros me acompañáis, así que conmigo llegaréis a Roma. La misión confiada por Dios a Pablo, quien Le servía, constituye la explicación del porqué del salvamento de la tripulación.

 

Hoy también disponemos de la Palabra de Dios, que es la Verdad. Esta Palabra ofrece una esperanza infalible. Es la vida eterna, de la cual a través de Cristo pueden participar todos los que crean en Él. No pasa nada si nuestro mercado está en crisis. No pasa nada si nuestras sociedades fracasan por la falta de moral. No pasa nada si nuestros cuerpos envejecen y padecen enfermedades. Todo esto no es más que “el barco que se tiene que hundir”, pero nosotros no vamos a fracasar junto con la economía, ni a morir cuando se mueran nuestros cuerpos. Basta con que confesemos nuestros pecados, reconozcamos los errores que hemos cometido hasta hoy y le entreguemos nuestra confianza a Jesús. Entonces nos salvaremos. Y es más: gozaremos de una esperanza que podremos compartir eficazmente con los demás, dando ánimos a los desesperados y mostrándoles la solución en las situaciones más complejas. Esta solución es Jesús. Y si Jesús nos ha consolado a nosotros y la fe en Él nos llenó de esperanza, no podemos guardarla tan sólo para nosotros mismos. Tenemos la obligación, como San Pablo, de hablar de la esperanza a los que depositan su confianza en unas autoridades falsas, que luego llevan por el camino de la amargura...

 

Avy Snyder

Director del servicio
“Judíos para Jesús” en Europa

 

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