Unos testimonios imposibles de poner en duda

autor: Mirosław Rucki

Hay pruebas científicas que confirman que la Biblia cuenta con fidelidad historias sobre la vida de Jesús, su Resurrección y sus enseñanzas, al igual que sobre la influencia que tuvo en todos los que Le conocieron y creyeron en Él. A la luz de esas investigaciones científicas resulta claro que el Nuevo Testamento es un documento de la fe, escrito por testigos oculares, que se ha conservado inalterable hasta nuestros tiempos y constituye un testimonio fidedigno con el cual podemos contar.

El evangelista San Lucas no oculta que él no fue testigo ocular de esos acontecimientos que revolucionaron la Historia de la humanidad: la Muerte y Resurrección de Jesús. No lo conoció personalmente, ni siquiera en aquellos tiempos en los cuales el Maestro de Nazaret recorría las colinas de Galilea, enseñando a multitudes de judíos que aguardaban el cumplimiento de las promesas proféticas. A pesar de ello, se esforzó y buscó información entre personas que fueron “testigos oculares” y “servidores de la Palabra”. Así lo describe: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de  Palabra” (Lc 1,1-2).

 

San Lucas Evangelista no explica si había conocido en persona a otros dos evangelistas: Marcos y Mateo, quienes escribieron sus Evangelios antes de que Lucas abrazara la fe cristiana y acudiera al círculo de alumnos de San Pablo. No obstante, habría tenido que saber de ellos, ya que menciona historias contadas por los “servidores de la Palabra”. En los Hechos de los Apóstoles menciona un par de veces a Juan, llamado Marcos, a quien en el capítulo 13,5 llama “servidor” (hypereten). Merece la pena señalar que este versículo en lengua griega no sugiere que Juan/Marcos hubiera sido servidor de San Pablo y de Bernabé, o que les hubiera ayudado (es lo que transmiten traducciones a nuestras lenguas). San Lucas emplea esta palabra como si fuera un título bien comprensible para todos: “servidor de la Palabra”, que quiere decir “evangelista”. Así nos enteramos de que en el 46 d. C., cuando Pablo y Bernabé estaban promoviendo la Buena Nueva en Chipre, Juan, llamado Marcos, ya era conocido como hypereten, “servidor de la Palabra”; o sea, como autor de un testimonio sobre la Vida, la Muerte y la Resurrección de Jesucristo. Hoy en día, ese testimonio escrito se conoce como el Evangelio de San Marcos.

 

Los rollos de Qumrán

 

Por razones obvias, no se ha conservado hasta nuestros tiempos el texto original, escrito por la mano del propio Marcos. No obstante, su obra, que fortaleció a los misioneros en sus esfuerzos y que fomentó la fe en los recién convertidos, pronto llegó a todos los rincones del Imperio Romano. Por eso no es de extrañar que se hubieran manuscrito decenas de copias de ese libro, que luego fueron enviadas a todos los sitios donde había círculos de creyentes. Un pequeño trozo de papiro, en el cual había letras que hacían pensar en el Evangelio de San Marcos, fue hallado en el siglo XX en la cueva n.˚ 7, cerca de las ruinas del pueblo de Qumrán, en el desierto de Judea. Resulta sorprendente que unas letras de las cuales se puede combinar sólo una palabra entera “kai” (“y”), tengan que ver tanto con lo escrito en el capítulo 6 del Evangelio de San Marcos, versículos 52-54, tal y como los leemos hoy en día. Después de haber valorado todo el material manuscrito de la Antigüedad que pudo ser reunido y después de haber tomado en consideración todas las posibles variantes de lectura de las dañadas letras del papiro, el profesor A. Dou de España, calculó que la probabilidad de equivocarse en la identificación de las letras analizadas respecto al Evangelio era mínima, y suponía un 1: 900. 000.000.000. La conclusión es que el texto de ese Evangelio, escrito antes del año 46 d. C., se conservó hasta nuestros tiempos sin ningún cambio. Resulta absolutamente cierto que ningún manuscrito pudo ser dejado en las cuevas de Qumrán después del año 68 d. C., cuando los habitantes del pueblo huyeron frente a las legiones romanas que venían arrasando toda Judea. Antes de abandonar sus casas, intentaron esconder lo que más apreciaban y que no podían llevar consigo: toda una biblioteca de rollos, escritos en hebreo, griego y arameo. Los rollos permanecieron escondidos en cuevas hasta el día en que fueron descubiertos por casualidad. Tanto el hecho de que el papiro lleve texto por una cara (esto quiere decir que el libro tenía forma de rollos, típicos del judaísmo y de los primeros tiempos del cristianismo), como el examen preciso de la forma de las letras, son prueba de que la copia a la que pertenecía el trozo encontrado en la cueva n.˚ 7, fue escrita alrededor del año 50 d. C. De este modo, disponemos de un testigo extraordinario de la autenticidad del Evangelio de San Marcos, escrito antes del 46, copiado sobre un rollo de papiro alrededor del 50, escondido antes del 68 en la cueva n.˚ 7 y al final, hallado en 1955. Este testigo confirma y fortalece nuestra fe en la inquebrantable Palabra de Dios. Los resultados de las investigaciones sobre este trozo de papiro han sido publicadas infinitud de veces y fueron descritas en detalle por Vittorio Messori en su libro ¿Padeció bajo Poncio Pilato?

 

Los papiros de Oxford

 

Otro predecesor del evangelista Lucas se llamaba Mateo o Leví, hijo de Alfeo. Era un recaudador de impuestos judío, que pertenecía al círculo de los Doce apóstoles, el cual, según transmite la tradición, escribió su Evangelio “para los Judíos en su propia lengua”. Es posible que justo después de escribirlo, él mismo lo hubiera traducido al griego, una lengua que hablaban todos sus compatriotas. Hacía siglos que vivían en diáspora y en muchos casos no sabían comunicarse en arameo.

 

Es comprensible que nadie hubiera anotado la fecha en que fue escrito el Evangelio de San Mateo. Sin embargo, sabemos que el apóstol, testigo ocular y “servidor de la Palabra”, permanecía en Jerusalén desde hacía unos años. Estuvo allí desde el día en que Jesucristo fue crucificado, alrededor del año 30, hasta el 36, cuando, después del martirio de San Esteban, todos los creyentes, excepto los apóstoles, tuvieron que abandonar Jerusalén (Hechos 8,1). Como hasta aquel momento todos los cristianos, siguiendo las advertencias (Mt 24,2-16), habían abandonado Jerusalén, podemos estar seguros de que Mateo no permanecía en la ciudad durante el cerco romano, que tuvo lugar en el año 70. Después de la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, esta ciudad nunca más volvió a ser el centro de evangelización de los judíos donde trabajaran los apóstoles.

 

La obra de Mateo Leví fue copiada también muchas veces y se leía en sinagogas nocrim (las pertenecientes a los judíos que abrazaron la fe cristiana), al igual que durante las reuniones cristianas. A ciencia cierta lo leían y reescribían en Egipto, donde en los tiempos de Cristo florecían comunidades judías y donde en 1901 fue hallado un extraordinario papiro, luego marcado con el número P64, que ahora está depositado en el Magdalene College de Oxford. Primero se creyó que había sido escrito alrededor del año 2000 a. C., hasta que fue sometido a otros análisis. En su libro The Jesus Papyrus, C.P. Thiède y M.d’Ancon describen la historia de ese papiro y las investigaciones que se llevaron a cabo al respecto. Los investigadores emplearon los más modernos métodos paleográficos, sirviéndose también de unos microscopios láser confocales de epifluorescencia. Gracias a los análisis microscópicos se llegó a recrear las formas de las letras dañadas y eliminar del texto un punto que parecía no tener ninguna relación con el texto y que resultó ser un simple borrón. Se empleó una gran cantidad del material comparativo guardado en papiros de distintas épocas. Las conclusiones que se sacaron son de una gran importancia para nuestra fe. C. P Thiède comprobó, de manera científica y substancialmente correcta, que el papiro P64 fue escrito como muy tarde en el año 68, es decir, cuando Jerusalén era el lugar de residencia permanente de los apóstoles y cuando podían convocar un concilio parecido al que está descrito en Los Hechos, 15, por haber descubierto algún documento contrario al testimonio sobre Jesucristo que divulgaban. Podemos estar absolutamente seguros de que los discípulos de Jesús, los testigos oculares de sus milagros, de su muerte y de su Resurrección, que guardaban en la memoria sus predicaciones, leyeron el documento cuyos trazos están almacenados en Oxford. Dicho documento de la fe es el Evangelio de San Mateo, cuyo texto era igual a las ediciones contemporáneas de la Biblia.

 

Los papiros barceloneses

 

En Barcelona, en la sede de la Fundación San Lucas Evangelista, se encuentran otros fragmentos de papiros marcados con el símbolo P67, que demuestran unas similitudes extraordinarias respecto a los papiros de Oxford. Hace tiempo ya hubo sospechas de que eran fragmentos del mismo libro que contenía el texto del Evangelio de San Mateo. Unos análisis llevaron a la conclusión de que no se trataba  del mismo código (libro, parecido en su forma al libro actual, con páginas escritas por las dos caras), sino que era un manuscrito creado en la misma época, quizás por el mismo autor.

 

Respecto a esos descubrimientos, el arqueólogo A. Cohen de Jerusalén, dijo en una entrevista concedida a la Jerusalem Christian Review: “Desde hace siglos los científicos consideraban que El Nuevo Testamento, El Evangelio y las Cartas de los Apóstoles no fueron escritos por los apóstoles durante el primer siglo de nuestra era. Se pensaba que a lo largo de varias decenas de años, las enseñanzas de Jesús y las de los apóstoles se transmitían oralmente, antes de que hubieran sido recogidas y manuscritas en el siglo II aproximadamente”. El profesor O. Mazar de Jerusalén añade: ”Hoy las investigaciones más recientes sobre los papiros más antiguos que contienen fragmentos del Nuevo Testamento  ponen en duda la argumentación anterior aceptada por la ciencia”.

 

Gracias a estas comprobaciones científicas, tenemos un fundamento para creer que los libros del Nuevo Testamento fueron escritos ya a mediados del primer siglo, por personas a las que, de acuerdo con la tradición, se les atribuye su autoría, y que fueron leídos y verificados por otros testigos oculares y luego divulgados extensamente por los apóstoles, quienes también predicaban oralmente el Evangelio.

 

Un testimonio sobre la divinidad del Cristo

 

El solo hecho de poseer unas pruebas históricas convincentes de que el Evangelio fue escrito antes de lo que se pensaba, impugna todas la teorías heréticas, según las cuales el verdadero Jesús hubiera sido diferente del que aparecía en el Evangelio y que las verdaderas enseñanzas de los apóstoles no hubieran correspondido a lo que estaba dicho en el Nuevo Testamento y a lo que predicaba la Iglesia. Se desvanecen y ya no pueden resistirse a esas pruebas las teorías sobre una creación y una redacción de los libros del Nuevo Testamento hechas por etapas a lo largo de varias decenas de años. Las pruebas constan de un vivo testimonio de la fe, transmitido por testigos oculares y por los seguidores del verdadero e histórico Jesucristo.

 

Estos testimonios podemos encontrarlos en las páginas de los papiros de Oxford, los fragmentos del Evangelio de San Mateo más antiguos de los que disponemos. ¿En qué consiste ese testimonio?

 

Uno de los argumentos cruciales formulados por los heréticos que negaban la divinidad del Cristo, era la particularidad del tipo de escritura vigente en los primeros siglos de la cristiandad. En aquellos tiempos no se hacía distinción entre las letras mayúsculas y minúsculas. Por eso, algunos consideraban que no se podía comprobar que los apóstoles, en la primera mitad del siglo I, hubieran destacado en la escritura la palabra ”Señor”para describir a Jesús, lo cual lo hubiera igualado a Dios. Esos heréticos consideraban que los apóstoles, siendo de confesión judía, no hubieran sido capaces de inventar algo como el culto al Mesías divino.

 

Es verdad que ellos solos no pudieron inventarlo, pero tampoco es verdad que Jesús hubiera sido nombrado Dios por primera vez en círculos paganos varias decenas de años después. Los papiros de Oxford son una prueba irrefutable de que en las copias del Nuevo Testamento se distinguían en la escritura las referencias a Jesús-Dios y que aparecieron en los tiempos de los apóstoles, los autores del Evangelio, los “servidores de la Palabra”.

 

Es más, C. P. Thiède comprobó que fueron los apóstoles quienes inventaron el uso consciente de un fenómeno tan peculiar como las abreviaciones de los nombres de los santos, que posteriormente pasaron al uso común. Hoy también podemos ver esas abreviaciones en los iconos ortodoxos y en textos litúrgicos, como por ejemplo las letras IΣ XΣ con un guión encima, que sustituyen la palabra “Jesucristo”.

 

Unas abreviaciones parecidas funcionan en la mentalidad judía desde hace mucho tiempo, marcada por un profundo respeto al Nombre de Dios, que está  prohibido pronunciar. Tampoco se pueden pisar o romper textos que incluyan el Nombre de Dios. Incluso hoy en día, un judío piadoso puede escribir la palabra ”Lord” tal cual para referirse a un hombre, pero siempre pondrá ”L-rd” a la hora de mencionar a Dios. De acuerdo con este principio, en los textos griegos, en vez de “Dios”, encontramos la abreviación ΘΣ (Theos), mientras que en vez de “Señor” tenemos dos letras: KΣ (abreviación de kyrios).

 

La abreviación KE, que sustituye el vocativo “¡Señor!”, aparece en el papiro de Oxford en el versículo Mt 26,22. No cabe duda de que se trata de Jesús, a quien los apóstoles le preguntan: “¿Seré yo, Señor?”. El papiro fue escrito en la época de los apóstoles, que residían en Jerusalén y frecuentaban el Templo, que existía todavía en aquel entonces.

 

El papirólogo C. Roberts argumenta que ese sistema de escribir los nombres santos fue introducido por la comunidad de Jerusalén todavía antes de que estallara la rebelión de Judea en el año 66 d. C. En su opinión, esa forma de escribir expresaba la fe de la Primera Iglesia en la divinidad del Cristo.

 

De ahí que tengamos otra prueba irrefutable de que los apóstoles, testigos de la Vida, Muerte y  Resurrección de Jesucristo, creían en su naturaleza divina, que armonizaba en Él con lo verdaderamente humano. Los apóstoles no lo inventaron, porque ningún judío normal, educado según las tradiciones del judaísmo, hubiera inventado algo como la Santísima Trinidad. No obstante, debieron de creérselo, a raíz de sus palabras y sus obras y, sobre todo, gracias a la Resurrección de su Maestro, Jesús de Nazaret.

 

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