Me encontré al Hombre de la Sábana Santa

autor: testimonio

 

Se suele decir que el alcohol y las drogas son los mayores vicios y enfermedades del s. XXI. Sin embargo, con frecuencia olvidamos que la causa de todas las adicciones es la falta de amor a Dios. Si no conocemos a Dios ni su Amor, si lo rechazamos, entonces en nuestro corazón lo reemplazamos por algo diferente

 

 

Quiero dar testimonio de lo que Dios ha hecho con su poder en mi vida. Todo ello lo he recibido gratis y sólo porque soy Su hija más querida. Todas las gracias que me han sido otorgadas las obtuve por intercesión de la Virgen María.

 

Soy hija adoptiva. Desde el principio mis padres adoptivos fueron sinceros y veraces conmigo. No me ocultaron para nada este hecho. Eran piadosos: rezaban e iban a Misa; sin embargo, yo no experimentaba la presencia de Dios en mi familia. Ni conocía a Dios ni Le amaba. Yo no conseguía amar en absoluto. Crecí llenando el vacío de mi corazón con diversas adicciones, entre otras con la masturbación, la pornografía, el abuso de fármacos, el tabaco y, después, con el alcohol y las drogas. Tenía incluso más adicciones, a las que luego se juntaron la rebeldía y el odio hacia mis padres. No era capaz de querer a ningún ser humano y en mi corazón herido solamente había dolor.

 

Estar tantos años en pecado mortal me llevó por completo a la ruina, en el sentido espiritual, psíquico y físico. Lo escribo plenamente consciente de ello: el pecado es una fuerza cautivadora que ningún ser humano en la Tierra es capaz de vencer sin el apoyo de la Gracia divina, que es Su Misericordia presente en los sacramentos de la Iglesia.

 

Cuando tenía 23 años conocí a mi futuro marido, Andrés. Me parecía que lo amaba, sin embargo, resultó ser un sentimiento sin fundamento. En realidad, aquello no era amor, sino que sólo estaba enamorada de él. Yo quería de verdad cambiar mi vida, quería tener un marido y amarlo. Quería vivir como una persona normal, pero  nunca se me hubiera pasado por la cabeza pedir ayuda a Dios. Quería lograrlo todo con mis propias fuerzas, yo sola, sin Su gracia. Sospechaba que algo malo estaba pasando conmigo, pero satanás no me dejaba llegar hasta la verdad. No me dejaba decir: «¡Señor, sálvame…!»

 

Durante mi noviazgo vivía conforme al lema «haz lo que te dé la gana». Bebía, fumaba, me drogaba, maldecía de todo y a todos. Me divertía con mi futuro marido en discotecas y de marcha por todas las fiestas posibles, cada semana en un lugar diferente. Ni siquiera el día de mi boda estaba sobria… También borracha me quedé embarazada y justo poco antes de salir de fechas dejé de beber y de fumar. El parto fue un choque para mí. Odiaba a los niños. Y los odiaba porque viniendo yo misma al mundo, me había convertido en causante de un sufrimiento tan grande. Dije: «¡Basta! ¡Ni un hijo más en este mundo!». No era capaz de amar ni a mi propio hijo pequeño. Sin embargo, intenté educarlo, aunque la verdad es que en realidad fueron mis padres quienes lo educaron, porque yo hacía lo que se me antojaba...

 

Cuando mi hijo cumplió un año, me puse a trabajar. Lo abandoné por los bienes materiales. Quería ganar dinero para gastármelo en alcohol, drogas, cigarrillos y juergas... Por aquel tiempo, viendo mi ruina, mis padres rezaban el rosario para que la Virgen María se apiadara de mí y acudiera en mi ayuda y la de mi matrimonio.

 

Toqué fondo cuando con rabia y odio pegaba a mi hijo y me ensañaba con él. En un arrebato, de lo borracha que estaba, quise matar a mi marido y quemar la casa. Aquello era un infierno en la Tierra, una vida sin vida... Tuve delirios y alucinaciones por culpa de la bebida... Necesitaba un tratamiento especializado y, a pesar de ello, junto con mi marido nos justificábamos a nosotros mismos diciendo que todavía no estábamos tan mal, que ya se nos pasaría y que lo íbamos a conseguir. Y la verdad era que me estaba amenazando la muerte. A decir verdad, experimentaba entonces una muerte espiritual, pero ahora la muerte, de un modo visible, también tocaba mi cuerpo. A través del alcohol y las drogas, satanás me estaba destruyendo y no había manera de romper ese círculo: sólo un milagro podía salvarme. Un milagro por iniciativa de Dios mismo. Él me conoce y sabía que estando sobria pero no eligiéndolo, no estoy en condiciones de aguantar ni un solo día sobria. Lo atestiguaban los hechos...

 

Al final, mi marido y yo tomamos la decisión de someterme a tratamiento en una unidad de desintoxicación hospitalaria (UDH). Cuando llegué a la UDH, esperaba muerta de ganas salir lo más pronto posible de allí. Eso pasó transcurrida una semana. A continuación, durante cuatro meses fui al grupo de Alcohólicos Anónimos (AA), pero pasados esos cuatro meses volví a beber y a drogarme. Y así se acabó mi camino de mi sobriedad... Perdí el sentido de la vida y la esperanza de que algún día algo cambiaría. Es más, mi marido tampoco se sometió a la terapia y seguíamos emborrachándonos como cubas. Entonces ocurrió el primer milagro... Intenté suicidarme con una sobredosis... Sin embargo, Dios no me dejó morir. Aquello me impactó.

 

Después de ese acontecimiento, mi marido y yo emprendimos juntos el camino para ser abstemios. Fuimos a los AA. El Señor había preparado mientras tanto el siguiente milagro. Aunque todavía no Le conocía, Él mismo había encontrado la manera de que empezara a vivir para Él. Permitió que padeciera una grave enfermedad de la columna vertebral, que se manifestaba mediante el dolor y una leve parálisis de la pierna izquierda, y más tarde de ambas piernas. Después de una serie de inyecciones y tratamientos, el médico declaró que si no me sometía a una operación, no podría andar más. Podía quedarme en sillas de ruedas... Y precisamente de este modo, el Señor, despacio pero eficazmente, me lo fue quitando todo. Primero, los compañeros de copas: no podía ir adonde quisiera, por lo tanto no me veía con nadie. No podía ir a la tienda de bebidas alcohólicas para comprar vodka o vino. No podía conseguir drogas, etc.

 

A final, el Señor mismo vino y me dijo en el hospital antes de que me operaran: «No temas. Yo estoy contigo». Durante diez años había pasado de los sacramentos, me confesaba borracha, sacrílegamente recibía la Sagrada Comunión y más tarde ya dejé de ir más a Misa. En vez de ir a la iglesia, me iba al bar. Y a pesar de ello, Jesús siempre estaba a mi lado...

 

Una conocida mía me trajo un ejemplar de ¡Amaos!, en el cual había una descripción de la Pasión de Jesucristo, basada en los análisis de los científicos que investigan la Sábana Santa de Turín. Leí cómo Jesús había sido flagelado, cómo fue coronado con espinas, cuánto le había costado cargar con la cruz y morir. Había una descripción detallada de todas las heridas de Su cuerpo y de la imagen de su cara, del rostro maltratado del Dios-Hombre.

 

La Sábana Santa de Turín fue la causa de mi conversión total a Dios. Comprendí qué son los pecados y cuánto le había costado yo a Jesús de verdad. Lloré porque con mis propias manos lo había azotado, me había burlado de Él, lo había despreciado, rechazado, coronado de espinas, insultado, escupido, y después lo había clavado a la cruz con el martillo de mis propios pecados. Él había muerto por mí y para mí. Su Pasión, Su Amor hacia mí y Su misericordia no me han dejado hasta hoy en día ―es decir, a lo largo de estos nueve años desde mi conversión―, ni siquiera oler el alcohol. Jesús en un solo instante se había llevado todas mis adicciones.

 

A pesar de que por aquel entonces yo no sabía orar, recé el rosario y gracias a la ayuda de la Virgen María hice una confesión general de toda mi vida. Jesús tomó todo el mal que yo había experimentado, todos mis pecados, pero también mis inquietudes, mi sentimiento de culpa, mi desesperación, mi ira y mi odio. Literalmente todo aquello que durante tantos años me había estado privando de mi libertad. A cambio, me entregó lo que es el mayor tesoro sobre esta Tierra inquieta: el amor y la paz. Esto nunca nadie me lo ha dado sobre este mundo.

 

Jesús también se me entregó en la Eucaristía. Yo no quiero nada más que eso: perseverar en el bien, seguir estando sobria y siendo fiel a Jesús hasta que me muera. También quiero recompensar a Dios por todos mis pecados. Deseo que esos que no Le conocen, lo lleguen a conocer. Para que comprendan que fuera de Él no existe mayor felicidad en este mundo. Ansío también que mis hermanas y hermanos que siguen con sus adicciones, se Lo encuentren en sus vidas y experimenten Su liberación.

 

En Su gran bondad, Dios me ha dado dos hijos más. Ahora tengo tres. Jesús me sanó espiritual, psíquica y físicamente, y me continúa curando. Está sanando también nuestro matrimonio, que era una completa ruina: de escombros y de cenizas... Hoy el Señor nos libera del egoísmo, nos enseña a quererle a Él y a querernos los unos a los otros.

 

La Virgen María me enseña cómo rezar y ser humilde. Me enseña a participar diariamente en la Eucaristía, a adorar al Santísimo Sacramento, a leer y meditar la Sagrada Escritura, a amar al prójimo y a toda la Iglesia. Me enseña igualmente a dar las gracias a Dios por el don más pequeño, me enseña tanto el agradecimiento como la generosidad, y el sacrificio, y también el ayuno a base de pan y agua. Yo sólo hago lo que Ella me pida, y Dios me da más de lo que soy capaz de entender. Hoy bendigo a mis padres biológicos y adoptivos.

 

Jesús es el mejor médico del alma, de la psique y del cuerpo. Me curó de mis heridas desde el mismo instante de mi concepción, cuando mi madre me llevaba en su seno y padecía una tortura psicológica y espiritual: la soledad, la desesperación, el miedo, el rechazo y la falta del amor. Dios me ha liberado de esas torturas: ¿acaso puedo querer algo más? La salud del alma y cuerpo está en manos de nuestro Dios bueno, que nunca condena, sino que nos perdona. Su misericordia es más fuerte que los pecados más repugnantes, que la lepra del s. XXI: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (Jn 15, 13).

 

Dorotea

 

 

 

 

 

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