Las pruebas de la Resurrección

autor: ks. Mieczysław Piotrowski TChr

La Resurrección de Cristo es un hecho. Sus testigos fueron sobre todo los apóstoles, pero Jesús ha dejado para nuestros tiempos dos pruebas materiales de su Resurrección, que la ciencia contemporánea puede analizar hoy en día, y son: 1º La imagen del cuerpo martirizado de Jesús en su totalidad, proyectada en el Sudario de Turín. 2º La imagen del rostro de Cristo resucitando sobre el velo de Manoppello.

 

Un hecho histórico

 

La verdad sobre la Resurrección de Cristo se basa en un hecho histórico, que a la vez trasciende la Historia. Cuando al tercer día de la muerte de Jesús en la cruz, los apóstoles atemorizados oyeron de las mujeres que Jesús había resucitado, «a ellos les pareció que deliraban y no les creyeron» (Lc 24, 11). Es entonces cuando el Señor se les aparece y establece un contacto personal con ellos. Ahora pueden comprobar por medio de los sentidos lo cerca que Él está, asegurarse de que no se trata de ningún fantasma, sino que es Él en su cuerpo resucitado. Lo ven, hablan con Él, pueden tocarlo y comer juntos (Cfr. Lc 24, 37-43). Los apóstoles se aseguran de que Jesús ha resucitado en el mismo cuerpo con el que había sido crucificado, pero que ahora ya es libre de cualquier limitación física. Los apóstoles pudieron reconocer Su voz, Su pelo, los rasgos de Su cara, Sus manos y Su costado, junto con las cicatrices de Sus heridas (Cfr. Jn 20, 27).

 

Cualquiera que haya analizado a conciencia las fuentes de la fe en la Resurrección de Cristo, no debería dudar de que nos encontremos ante un hecho que existió en realidad. Los encuentros con el Resucitado cambiaron radicalmente a los apóstoles. Les dieron tanta fuerza interior y tanta valentía que, excepto San Juan, todos murieron como mártires en defensa de esta verdad: que Cristo realmente ha resucitado y que es Dios. Precisamente de esa verdad sobre la Resurrección de Cristo, pregonada sin miedo por los apóstoles, nacería el cristianismo con su vitalidad indestructible, con su entusiasmo y su alegría de vivir; y esto en medio de una situación en la cual, desde un punto de vista puramente humano, parecía que, muriendo en la cruz, Jesús había sufrido un fracaso estrepitoso.

 

La Resurrección de Cristo es un hecho. Sus testigos fueron, sobre todo, los apóstoles, pero Jesús ha dejado para los que dudan y para los no creyentes dos pruebas materiales de su Resurrección, que son las siguientes: 1º La imagen del cuerpo torturado de Jesús en su totalidad, proyectada en el Sudario de Turín. 2º La imagen del rostro de Cristo resucitando sobre el velo de Manoppello.

 

El sepulcro vacío

 

Cuando los apóstoles Pedro y Juan se enteraron por las mujeres de que el sepulcro de Jesús estaba vacío, corrieron al lugar de su sepultura. Vieron el sepulcro abierto, entraron en él y lo único que vieron fueron las telas del sudario, pero sin el cuerpo. Entonces el apóstol Juan, al ver los lienzos vacíos e intactos, creyó en el hecho de la Resurrección de Cristo. Escribió en su Evangelio: «[…] él también vio y creyó» (Jn 20, 8).

 

¿Por qué la simple vista de esas vendas mortuorias le había convencido de la Resurrección de Cristo? El texto original en griego del Evangelio de S. Juan (Jn 20, 6-7) relata que las vendas estaban kéimena, es decir: que estaban tendidas, que yacían vacías por dentro, pero intactas, ni dañadas ni tampoco desatadas al mismo tiempo. El autor del texto dice que los lienzos estaban aplanados, porque dentro ya no estaba el cuerpo de Jesús; mientras que antes, sin embargo, estaban abultados, porque lo envolvían. Cuando Juan vio el sudario atado y vacío, con las vendas no desligadas, fue una señal clara para él de que nadie había sacado el cuerpo del sudario atado con vendas, sino que, milagrosamente, debía de haber atravesado las sábanas mortuorias, por lo tanto, Jesús había resucitado.

 

San Juan menciona también el sudario que cubría la cabeza de Jesús (Jn 20, 7). Con mucha probabilidad, se trataba de un paño que servía para enjugar el sudor (sudarion), así como de un velo de biso (seda marina), caro y transparente. La conclusión que los exegetas contemporáneos sacan del texto original (Jn 20, 7), es que San Juan quiere hacernos comprender que lo que vio en el sepulcro fue un Sudario vacío por dentro y, por lo tanto, que yacía horizontalmente; mientras que en el lugar de descanso de la cabeza, el velo estaba abultado. Persili, que es un traductor y exegeta, subraya el hecho de que el texto en griego «alla choris entetyligmenon» (Jn 20, 7), contiene la siguiente idea: el velo que cubría la cabeza de Jesús no estaba –como pasaba con el sudario atado con vendas– caído horizontalmente sobre la piedra del sepulcro, sino que se encontraba voluminoso, como si todavía estuviera envolviendo la cabeza. Tras la Resurrección, el cuerpo de Jesús pasó a través del sudario, que al quedar vacío, cayó y quedó tendido en posición horizontal. Por el contrario, el velo al ser más ligero, y como consecuencia de la rápida evaporación de las sustancias aromáticas que había en él, preservó su posición original, como si continuara envolviendo la cabeza del muerto.

 

Por lo tanto, los apóstoles Pedro y Juan vieron «las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte» (Jn 20, 6-7). Sólo el misterioso paso del cuerpo de Jesús de la muerte a la vida, en contra de todas las las leyes de la Física, hacia una dimensión infinita de la existencia, explica el estado intacto de los lienzos mortuorios que vieron Pedro y Juan. Aquello supuso para Juan una señal evidente de la Resurrección y por eso escribió: «vio y creyó» (Jn 20, 8).

 

La Resurrección de Jesús constituye el gran misterio del paso de la muerte hacia una dimensión divina de la existencia. Este acontecimiento dejó sobre la Tierra unas huellas materiales, unas señales inteligibles que hasta hoy en día podemos contemplar y analizar. Son las siguientes: La Sábana Santa de Turín, en la  cual quedó envuelto el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo tras su muerte, sobre la cual es visible la misteriosa imagen de su cuerpo entero; el velo de seda marina (conservado en Manoppello), donde se ve el Rostro de Cristo resucitando; y el lienzo, sudarion, con numerosos restos de sangre, denominado Sudario de Oviedo. Las investigaciones científicas confirman que este lienzo con numerosos restos de sangre, y que se venera en la Catedral de Oviedo (en el norte de España), procede de los tiempos de Cristo y que la disposición característica de las manchas de sangre visibles en él, concuerda idénticamente de un modo sorprendente con la imagen del rostro del Sudario de Turín.

 

El Sudario de Turín

 

La imagen sobre el Sudario (la sábana mortuoria de Jesús) consiste en una especie de “fotografía” irrepetible de un Hombre torturado hasta la muerte, que fue sometido a una cantidad insólita de torturas, tales como bofetadas, golpes de palo, flagelación romana, coronación de espinas, caídas, que fue crucificado y le clavaron una lanza en el costado.  Esta imagen de la pasión reflejada en la tela coincide hasta en los detalles más mínimos, con las descripciones contenidas en los Evangelios de la Pasión y Muerte de Cristo.

 

La sangre penetró en la estructura de la tela, dejando unas manchas oscuras visibles, mientras que la imagen del cuerpo como tal sólo existe sobre la superficie de las fibras y es pálida. Los coágulos de sangre visibles en el sudario están intactos, lo cual confirma que el cuerpo de Jesús no fue extraído de la sábana, pues no hay rastros de que lo hubieran separado del cuerpo. El cuerpo, de una manera misteriosa, pasó a través de la tela que lo envolvía, quedando reflejado en ella en negativo fotográfico. Sólo la fe nos puede decir que esto ocurrió en el momento de la Resurrección.

 

En 1978, el Sudario fue sometido a investigaciones de todo tipo por un equipo de científicos, en su mayoría estadounidenses, agrupados en el STURP (The Shroud of Turin Research Project). Se emplearon los más modernos aparatos científicos, que pesaban muchas toneladas, y que habían sido traídos especialmente desde Estados Unidos. Durante unas 120 horas, el Sudario se sometió a diferentes análisis especializados. Entre otros, fue fotografiado bajo luz artificial directa y mediante transparencia, bajo la luz invisible de la radiación ultravioleta e infrarroja, de su fluorescencia a los rayos X, radiografía y espectroscopia. También se ha procesado digitalmente la imagen, así como se han empleado la macrofotografía y la de alta resolución. De este modo se han analizado cada uno de los detalles más minúsculos del Sudario.

 

Estos análisis han confirmado: 1. La presencia en el Sudario de la sangre de un varón del grupo AB. 2. De una manera absolutamente cierta que la imagen no ha sido pintada. 3. Bajo la luz ultravioleta se dejan ver múltiples heridas tras la flagelación, invisibles a simple vista para el ojo humano. 4. Se han encontrado pólenes de plantas también en la superficie oculta de la tela (el famoso criminólogo suizo Max Frei encontró en el Sudario pólenes de plantas que se daban únicamente en la región del Mar de Galilea de los tiempos de Cristo. Así que con toda seguridad, la tela debió permanecer allí algún tiempo). 5. La imagen se encuentra únicamente en la superficie de la tela. Su creación se debe a la oxidación de sólo las fibras exteriores del lino. La intensidad disminuyente de la oxidación de las fibras contribuyó a la creación de una imagen tridimensional. La imagen se encuentra totalmente puesta sobre la superficie de las fibras, sólo las fibras más cercanas a la superficie portan los cambios de color de los que consta la imagen. Fue creada gracias a la oxidación de una capa muy fina de 180-600 nanómetros de espesor, por tanto más fina que una bacteria (un nanómetro = 10-6 mm). Como comparación: el diámetro de un pelo humano asciende a 100.000 nanómetros. Ese color no se puede quitar con nada, ni siquiera con la ayuda de productos químicos; también es resistente a la acción de los rayos solares. La imagen tampoco se formó bajo los coágulos de sangre. En todos los fragmentos de tela donde hay manchas de sangre, está ausente cualquier coloración de las fibras de las que consta la imagen. La imagen es de un color amarillo transparente; no se ha encontrado en ella ningún rastro de pintura ni de colorante. A pesar de que la imagen se formó en una tela que envolvía el cuerpo, su forma en negativo fotográfico es perfectamente plana. No sufrió ninguna deformación, tratándose, de acuerdo con las leyes de la óptica, de una proyección paralela. La ciencia no es capaz de explicar completamente el mecanismo de transposición de la imagen del cuerpo a la tela. Por eso, el científico estadounidense J. Jackson escribió lo siguiente: «Basándonos en los procesos fisicoquímicos conocidos hasta hoy, tenemos motivos para considerar que la imagen del sudario no debería existir y, sin embargo, es algo real, aunque no seamos capaces de explicar cómo se ha formado».

 

Un gran mérito en el análisis del Sudario lo tiene la informática. Gracias a sus técnicas especiales, se ha obtenido una fotografía electrónica del Sudario de la máxima resolución. De esta manera, se han dado a conocer todos aquellos detalles imposibles de descubrir mediante una observación directa. Se ha constatado la existencia del reflejo de dos monedas de tiempos de Pilato, una a la altura del ojo derecho y la otra sobre el párpado izquierdo del Hombre del Sudario. En el ojo derecho se encuentra la reflexión de una moneda lepton lituus, acuñada entre los años 29 y 32 d C., en los tiempos de Poncio Pilato. En cambio, en la reflexión del ojo izquierdo, ha sido identificada una moneda acuñada por Pilato para honrar a Julia, la madre de Tiberio, exclusivamente en el año 29 d.C.

 

La imagen del Sudario se caracteriza por el ligero color que la crea y que se va difuminando. La imagen se forma gracias a la delicada y menguante intensidad del color amarillo en diferentes niveles; de esta manera se genera la información tridimensional, observada y medida por los científicos del STURP durante los análisis de 1978.

 

Los investigadores estadounidenses Eric Jamper y John Jackson de la NASA, con la ayuda del analizador de imagen VP8 de la NASA, obtuvieron las primeras fotografías tridimensionales del Sudario. Giovanni Tamburelli, de la Universidad de Turín, obtuvo gracias a unas herramientas informáticas unas fotografías tridimensionales más perfectas de la imagen del Sudario.

 

En 2002 se llevó a cabo una profunda restauración del Sudario. Fue una ocasión idónea para realizar un análisis más detallado, incluido el revés de la tela de esta asombrosa reliquia. Toda la superficie del Sudario fue escaneada por ambas caras. Dos investigadores de la Universidad de Padua, Giulio Fanti y Roberto Maggiolo, mientras analizaban el material escaneado, hicieron un descubrimiento extraordinario. Resultó que existe una imagen del rostro apenas visible en el revés de la tela, exactamente en el lugar donde se encuentra la imagen del rostro en la superficie frontal de la tela (Fanti y Maggiolo publicaron los resultados de sus investigaciones el día 14 de abril de 2004, en la revista científica Journal of Optics of The Institute Physics in London). En el revés del Sudario son visibles la cara y las manos. La imagen del reverso tiene las mismas características que la del anverso. Se trata de un negativo fotográfico. Existe gracias a unas misteriosas coloraciones sobre la superficie de la tela. Es tridimensional. Las imágenes del anverso y del reverso del Sudario se corresponden en todos sus aspectos: tamaño, forma y la disposición. No existe una influencia directa de la cara frontal sobre la del reverso: la parte interior del lino no lleva ninguna coloración. Tenemos, pues, en la superficie del Sudario dos imágenes del rostro: una en el anverso y otra en el reverso de la tela. Este descubrimiento extraordinario de la doble imagen en el Sudario supone una prueba más de que ningún genio humano hubiera podido crearlas. La ciencia moderna no es capaz de reproducirlas y con toda seguridad no han podido ser el resultado de ciertos procesos naturales.

 

El sentido común y la lógica nos sugieren que en este caso hay que reconocer con una profunda fe y humildad, que el misterio de la creación de esta increíble imagen del Sudario se produjo en el momento de la Resurrección. Fue el Señor resucitando quien dejó sobre el Sudario la imagen conmovedora de Su Pasión y Muerte, dando una prueba material de Su Resurrección, para que no fuéramos incrédulos, sino creyentes.

 

La imagen de Manoppello 

 

Sobre un velo de seda marina, de tamaño 17×24 cm, en el altar central de la iglesia de Manoppello, se halla una imagen de Cristo resucitando.

 

Las investigaciones científicas más recientes confirman que se trata de una imagen cuyo origen resulta imposible de explicar. Gracias a un escáner de muy alta resolución se ha constatado que entre las fibras de la tela no hay ninguna sustancia colorante. En la tela no existen ni los más mínimos rastros de pintura. Lo más sorprendente es la transparencia de la tela: la imagen puede ser vista por ambas caras, como si de una diapositiva se tratase. Cuando se producen cambios de iluminación, la imagen también se cambia. Los científicos afirman que esta imagen comparte algunas propiedades con la pintura, la fotografía y el holograma, pero no se trata de una pintura, ni de una fotografía, ni de un holograma. Por eso, la imagen no deja de ser un gran misterio inexplicable para la ciencia. Ningún genio de la pintura sería capaz de pintar algo como el Santo Rostro de Manoppello. Se trata de un acheiropoietos, es decir: una imagen “que no ha sido pintada por la mano del hombre”.

La imagen del Santo Rostro quedó reflejada sobre un lienzo de biso antiguo y caro, tejido con los hilos de seda que producen algunos moluscos marinos. Este tipo de tejido es resistente al fuego como el asbesto. Tampoco se puede pintar nada sobre él, desde el punto de vista humano. Puesto que sobre un tejido tan fino no resulta posible aplicar ninguna pintura.

 

Los científicos han llevado a cabo un descubrimiento increíble: el rostro muerto de la Sábana Santa de Turín y la cara viva de Manoppello pertenecen a la misma Persona. Las imágenes de esos dos rostros concuerdan exactamente entre sí y, por lo tanto, representan a la misma Persona. La superposición de una transparencia con la imagen del Rostro de Manoppello con el Rostro del Sudario constituye una prueba gráfica y matemática de que se trata de la misma Persona. Desde el punto de vista científico, no cabe ni la menor duda de que los dos rostros, tanto el de Turín como el de Manoppello, se corresponden al 100% en cuanto a su estructura y dimensiones.

 

La imagen  del cuerpo muerto sobre la Sábana Santa de Turín y el Rostro Divino de Manoppello son, sin duda alguna, los mayores milagros que existen en el mundo. Desde el punto de vista de la ciencia, dichas imágenes no tienen explicación posible. A excepción de la imagen de la Virgen de Guadalupe, no existe ninguna imagen que con sus características pudiera asemejarse lo más mínimo a estas dos.

 

Todo parece indicar que el Velo de Manoppello, sobre el cual está reflejada la Santa Faz, cubría la cara de Jesús después de que hubieran colocado Su cuerpo en el sepulcro. Se convirtió, pues, en un «testigo» especial de la Resurrección, más si cabe cuando Jesús dejó plasmado sobre él el reflejo de su rostro, mientras pasaba de la muerte a la vida.

 

El Dios verdadero, que por amor a nosotros se convirtió en verdadero hombre para despejarnos el camino al cielo mediante Su Pasión, Muerte y Resurrección, nos ha dejado dos imágenes conmovedoras: una sobre la Sábana Santa de Turín, y la otra en el Velo de Manoppello. Las dos son testimonio del momento más importante en la historia de la humanidad, en el cual se venció definitivamente sobre satanás, el pecado y la muerte. El Hijo de Dios, haciéndose verdadero hombre, pudo como Dios cargar sobre sí con todos los pecados y sufrimientos de la historia de cada ser humano (esto es posible porque en Dios no hay tiempo, sino un continuo «ahora»). «Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias» (Cfr. Is 53, 4). Estando Él mismo libre de pecado, durante Su Pasión y Muerte en la cruz experimentó las consecuencias de los pecados y sufrimientos de todos los seres humanos. Sintiendo el mayor abandono y sufrimiento en el mismo instante de su muerte, se entregó a sí mismo y a todos nosotros a Dios Padre. De esta manera venció al pecado y la muerte, recibiendo del Padre el don de una vida resucitada.

 

Tanto la imagen del rostro sobre el Velo de Manoppello, como la proyección frontal y posterior del cuerpo muerto sobre la Sábana Santa de Turín, son el resultado de una intervención milagrosa de Dios, ocurrida en el momento de la Resurrección. Hemos recibido un testimonio milagroso de las siguientes etapas de la adoración de la humanidad santísima de Jesucristo. En la Sábana Santa de Turín se quedó grabada la imagen del cuerpo de Jesús todavía muerto, pero ya en el momento en el cual se inicia el proceso de Su glorificación. Su cuerpo había comenzado ya a irradiar una misteriosa energía, la cual con una extraordinaria precisión provocó que se quedara grabado en la tela la imagen de su cuerpo entero en negativo fotográfico.

 

En cambio, sobre el Velo de Manoppello hemos recibido la imagen, en positivo fotográfico, del rostro de Jesús estando ya vivo, antes de que concluyera el proceso de su glorificación, pues todavía se pueden ver sobre Su cara las marcas de las heridas y los moratones. Es el Rostro de Jesús resucitando y, por lo tanto, no está aún glorificado del todo. La belleza de la Resurrección supera infinitamente todas nuestras imaginaciones. Tan sólo podremos verlo en el cielo. El Rostro de Manoppello es la cara de Cristo resucitando, en el momento de su paso de la muerte a la vida, mientras se estaba transformando el cuerpo maltrecho de Jesús, que era: «[...] como alguien ante quien se aparta el rostro, tan despreciado, que lo tuvimos por nada» (Is 53, 3).

 

El Rostro de Manoppello es la imagen de Cristo resucitando, todavía con las señales de la pasión, en el momento cuando: «Lo que es corruptible debe revestirse de la incorruptibilidad y lo que es mortal debe revestirse de la inmortalidad» (1 Cor 15, 53).

 

El Señor nos ha dejado una imagen evidente sobre la verdad de Su Encarnación, Muerte y Resurrección. Mediante dicha imagen ha confirmado al mismo tiempo que realmente se había hecho verdadero hombre, que había cargado sobre sí con todos nuestros  sufrimientos y pecados, que de verdad murió y resucitó para liberarnos del pecado y de la muerte, y para conducirnos hacia la felicidad plena en el cielo.

 

La Santa Faz de Manoppello constituye una prueba material de la Resurrección de Cristo. Nos llama a cada uno de nosotros a la conversión, para que establezcamos con el Señor Resucitado una relación personal de amor en la oración diaria y, especialmente, en los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Jesús ha resucitado y está vivo de verdad, abrazando a cada pecador con su misericordia infinita. Apela a nosotros para que regularmente acudamos al sacramento de la Penitencia y recibamos la Sagrada Comunión.  «Cuánto deseo la salvación de las almas. [...] deseo derramar Mi vida divina en las almas humanas y santificarlas, con tal de que quieran acoger Mi gracia. Los más grandes pecadores llegarían a una gran santidad si confiaran en Mi misericordia.  Mis entrañas están colmadas de misericordia que está derramada sobre todo lo que he creado. Mi deleite es obrar en el alma humana, llenarla de Mi misericordia (133) y justificarla» (Diario de Santa María Faustina Kowalska, núm. 1784).

 

«Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo [...] Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día»
(Jn 6, 51 y 53-54).

           

 

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