Mitos en torno a la Edad Media (parte II)

autor: Grzegorz Kucharczyk

 

Aparte de las cruzadas y los tribunales de la Inquisición, un motivo que constantemente se repite en la «leyenda negra» de la Iglesia —es decir, en la propaganda anticatólica que se remonta a la Reforma y la Ilustración; y que pretende convencernos de que la Iglesia es un centro «retrógrado y oscurantista»—, lo constituye el llamado caso Galileo

 

 

El «caso Galileo»

Hasta hoy en día, mucha gente afirma que Galileo (1564-1642) fue quemado en la hoguera por haber pretendido instaurar una verdad científica incómoda para la Iglesia. El cúmulo de falsedades y medias verdades en torno a la relación entre el astrónomo italiano y las autoridades eclesiásticas es tan grande, que verificarlas todas rebasa el tamaño de este artículo. Por eso, voy a centrarme aquí únicamente en los asuntos más importantes.

 

Antes de que Galileo entrara en conflicto con las autoridades de la Iglesia, era conocida ―también en la Roma papal―, su postura de adhesión total a la teoría copernicana sobre la estructura del Sistema Solar. Esta postura no despertó ningún tipo de objeción por parte de la Iglesia. Las primeras protestas llegaron por parte de sus colegas en la materia, astrónomos laicos vinculados a la teoría antigua (que se remontaba todavía hasta Aristóteles) sobre la organización del Universo. Fueron ellos precisamente los autores de esas denuncias, remitidas asimismo a los tribunales de la Inquisición. En 1616, la Inquisición prohibió a Galileo difundir la visión heliocéntrica del Universo sin haberla demostrado suficientemente.

 

La posición de Galileo ―no sólo en su Toscana natal, sino también en Roma―, era bastante fuerte. Sobre todo a partir del año 1623, cuando su amigo, el cardenal Barberini, resultó elegido Papa, con el nombre de Urbano VIII. Galileo fue invitado suyo en numerosas ocasiones y discutía con él, entre otras cosas, sobre temas relativos a la Astronomía y a la teoría de la estructura del Universo. Urbano VIII incluso animaba a Galileo para que escribiera una obra que resumiera el estado de las investigaciones científicas en esa materia. Lo único que el Papa exigía a su docto amigo era explicar esa problemática en términos de hipótesis, sin adherirse expresamente a ninguna de ellas. Esta sería la génesis de la obra magna de Galileo: Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo. No sin sentido resultaría el hecho de que la obra dispusiera del imprimátur de la Iglesia (en el juicio posterior se estableció que fue el propio autor quien había falsificado dicha autorización eclesial).

 

La publicación de los Diálogos avivó las voces en contra entre sus colegas astrónomos. Nuevamente, lo denunciaron ante la Inquisición. Galileo fue citado a Roma por el Tribunal de la Inquisición. Sin embargo, al contrario de lo que se suele afirmar, no terminó encerrado en las mazmorras de la Inquisición. Compareció como denunciado, no arrestado, y podía alojarse donde quisiera. La nota picante de todo el asunto la daba el hecho de que el inquisidor principal era partidario de las ideas de Galileo.

 

Sin embargo, al final, en 1633, el tribunal de la Inquisición declaró culpable al científico italiano (es decir, culpable de haber difundido ideas ni verificadas ni probadas). Como pena se le impuso renegar de ellas, rezar todos los días salmos penitenciales y un arresto domiciliario, es decir: quedarse en sus posesiones de Toscana, donde podía continuar sin dificultades sus investigaciones. Nadie se lo había prohibido ni tampoco le destruyeron su instrumental científico. Durante los años siguientes, Galileo continuó profundizando sus observaciones astronómicas y mantuvo, sin ningún tipo de impedimento, contactos con numerosos científicos de Italia y de toda Europa. También publicó sus sucesivas obras, que apoyaban la teoría de Copérnico (en 1638, se publicaron en Leiden sus Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias).  

 

El llamado caso Galileo a menudo se confunde con la quema en la hoguera de Giordano Bruno, a quien igualmente se lo presenta como otra víctima más del «rechazo de la Iglesia por el progreso de la Ciencia». Por el contrario, Bruno (un sacerdote que había colgado la sotana), a quien resulta difícil equipararlo con un auténtico hombre de ciencia como lo fue Galileo, estaba fascinado por el ocultismo, la alquimia y otras actividades «pseudocientíficas». El factor más importante que decidió la suerte de Giordano Bruno fue su participación en un complot estrictamente político, dirigido contra la duración del poder del Papa en los Estados Pontificios, pero no, pongamos por caso, por haber apoyado el modelo copernicano de funcionamiento del Universo. El culto a Giordano Bruno como «mártir del progreso» empezó de lleno en la segunda mitad del s. XIX, cuando tras la anexión de la Roma papal por Italia (en 1870), comenzó el ensalzamiento de Bruno, principalmente de la mano de logias masónicas. Fue presentado ya no como un conspirador político y un ocultista, sino como un «hombre de ciencia», perseguido por la Iglesia. Los masones italianos erigieron incluso un monumento a Giordano Bruno, que se alza en el Campo de’ Fiori de Roma, en la década de los 80 del s. XIX (hecho contra el cual protestó con firmeza el Papa León XIII). 

 

¿Fue humanista la Reforma?

 Evidentemente, esto no altera el hecho de que la suerte de Giordano Bruno resultara trágica, como la de cualquier hombre que reniega de su vocación y renuncia a la obediencia debida a sus superiores eclesiásticos. No pretendemos aquí alabar el cruel castigo que se infligió a Bruno, pero, por otra parte, cabe recordar que en aquella época era la pena que se aplicaba en Europa a las personas que conspiraban contra el poder legítimo. Sin ir más lejos, el propio Martín Lutero apelaba a los duques alemanes en 1525 para que acabaran sin contemplaciones con la insurrección de campesinos por toda Alemania, bajo el mando de Thomas Münzer (la llamada Guerra de los Campesinos alemanes). Juan Calvino, en la Ginebra gobernada por él, no dudaba en quemar en la hoguera a cualquier persona que discrepara de su interpretación de la Sagrada Escritura (fue el destino que le tocó, por ejemplo, al unitarista español Miguel Servet). A propósito de esto, no podemos ignorar que a menudo aparece esta lista de ideas: «Renacimiento-Humanismo-Reforma», sugiriendo una unión muy estrecha entre dichas corrientes, pero se trata de una comparación engañosa. Merece la pena recordar, por ejemplo, que los creadores de la Reforma (tanto Lutero como Calvino), eran muy críticos con respecto al renacimiento del humanismo clásico y los modelos del arte clásico en la Europa del s. XVI. Por ejemplo, para Lutero la prueba definitiva de la «corrupción» de la Roma papal, que había visitado a comienzos del s. XVI,  era el mecenazgo de los pontífices sobre unos artistas que se remitían a la arquitectura, la escultura y la pintura «paganas». Lo que hasta hoy en día maravilla a millones de peregrinos y turistas que visitan la Ciudad Eterna: la Capilla Sixtina o los Museos Vaticanos; eso sería para los padres de la Reforma la confirmación de la corrupción de «la gran ramera de Babilonia» (como solían llamar en sus escritos al sucesor de San Pedro). Tampoco era casualidad que la instauración de la Reforma en un país dado coincidiera con una amplia acción iconoclasta, es decir: la destrucción masiva de obras de arte (sobre todo de arte sacro). Esto lo padecieron el norte de Alemania, los Países Bajos e Inglaterra. Mientras tanto, cuando en el Rin y el Támesis se destruían miles de altares, policromías y esculturas antiguas, en los países católicos se creaban excelentes obras de arte. Baste recordar la Basílica de San Pedro en Roma, o el impresionante florecimiento de la pintura en la España de los siglos XVI y XVII (El Greco, Velázquez).

 

La Iglesia en contra de los pogromos y los rumores antisemitas 

 La Iglesia de la Edad Media se encontró al final con la acusación (que a cada paso reaparece también hoy en día), de fomentar el antisemitismo. A este fenómeno normalmente se lo vincula estrechamente con las cruzadas, durante las cuales, efectivamente, se produjeron persecuciones de judíos. Sólo que esos pogromos se produjeron durante las llamadas cruzadas populares, es decir, expediciones no autorizadas ni por el poder eclesiástico ni el laico, bajo el mando de autoproclamados «visionarios del pueblo». Así ocurrió, por ejemplo, en 1096 en Renania, durante la «Cruzada popular» que antecedió a la I Cruzada. Los historiadores judíos reconocen, además, que en defensa de los judíos atacados salieron con firmeza los obispos locales, que llegaron incluso a abrir las puertas de sus residencias para los judíos que buscaran allí refugio (p.ej. en Worms, Maguncia o Espira).

 

Cuando este tipo de ataques contra los judíos volvieron a repetirse en Renania, durante los preparativos de la II Cruzada (1146-1147), San Bernardo de Claraval, que pregonaba la Cruzada en Maguncia y Colonia, en medio de esos mismos sermones decía a los futuros cruzados: «¡Defended la Tumba de Cristo, nuestro Señor! ¡No manchéis vuestras manos con la sangre ni luchando contra los hijos de Israel! ¡Ellos también forman parte del cuerpo del Mesías y si les hacéis daño, estáis tocando la niña del ojo del mismo Dios!».

 

Durante la Edad Media, la Iglesia se opuso asimismo de forma consecuente a la difusión de leyendas y rumores antisemitas, que tenían por objetivo incitar al odio contra los judíos. Por ejemplo, en el s. XIII, el papa Inocencio IV enseñaba a no dar crédito a las habladurías, según las cuales los judíos secuestraban a niños cristianos, para elaborar con su sangre la Matzá, pan ácimo. En 1348 ―cuando en Europa hacía estragos la llamada Muerte Negra (la epidemia de la peste)―, el papa Clemente VI, en una bula especial, contradecía las patrañas de que los judíos (al haber envenenado con trucos los pozos), fueran los responsables de la catástrofe.

 

Los sucesivos pontífices medievales (entre otros, Calixto II, Inocencio III y Gregorio X) recordaban que no se podía forzar a los judíos a recibir el Bautismo. En 1419, el Papa Martín V volvió a insistir en lo mismo, al afirmar en una bula: «Considerando que los judíos han sido creados a imagen de Dios y que, un día, parte de ellos se salvará, y considerando que han implorado nuestra protección: siguiendo los pasos de nuestros predecesores, mandamos que los judíos no sean molestados en sus sinagogas; que no se ataquen ni sus leyes ni sus derechos ni sus costumbres; que no sean bautizados a la fuerza; que no se les obligue a observar las fiestas cristianas ni a llevar ningún nuevo distintivo; y que no se les impida tener relaciones de negocio con los cristianos».

 

En el texto citado, el Papa aludía a la decisión del IV Concilio de Letrán (1215), que obligaba a los judíos a portar un «distintivo», lo cual ―junto a la existencia de juderías o guetos―, es presentado como otra «prueba» más de un antisemitismo profundamente enraizado en la Iglesia. Mucho más que eso, constituye una prueba para la concepción ahistoricista de los que lanzan tales acusaciones (un gueto se relaciona sobre todo con la época del Holocausto que llevó a cabo la Alemania nazi durante la II Guerra Mundial). En primer lugar, durante la Edad Media era práctica frecuente crear barrios separados en las ciudades para las diferentes nacionalidades (p.ej., en las ciudades italianas o españolas existían «barrios franceses» especiales); en las ciudades musulmanas también se delimitaban los barrios judíos. En segundo lugar, las propias comunidades judías tendían a concentrarse en un único lugar y a cierto aislamiento del entorno cristiano. Esas ganas de aislarse se justificaban por motivos de seguridad, ya que ―como ha escrito el historiador judío Heinrich Graetz―, la judería medieval funcionaba como un «medio protector de los judíos contra las represalias de la plebe». Como tenemos ocasión de comprobar con el ejemplo de la frontera entre Israel y la Autonomía Palestina, esta es la prueba fehaciente de que, de ningún modo, eso de «tras el muro de seguridad» haya caído en desuso.

 

Lo que resulta curioso es que en la Roma gobernada por los papas ―tanto en la Edad Media como en épocas posteriores―, no se hayan registrado ningunas persecuciones contra los judíos. Como escribe un historiador contemporáneo, el profesor J. H. Mundy, de la Universidad de Columbia en la Ciudad de Nueva York: «En Roma, donde el Papa era el soberano, cada sucesor de San Pedro trataba la libertad de los judíos como algo sagrado». Una «sensibilidad» diferente, por así decirlo, en esta cuestión presentaron algunos de los fundadores de la Reforma. Por ejemplo, Martín Lutero publicó en 1543 el tratado Sobre los judíos y sus mentiras, en el cual se lee, entre otras cosas: «Primero, hay que prender fuego a sus sinagogas o escuelas, y lo que no arda, que se cubra con tierra y se tape [...] Esto ha de hacerse en honor a Nuestro Señor y a la cristiandad, para que Dios vea que somos cristianos [...] En segundo lugar, hay que destruir y arrasar sus casas, pues practican en ellas lo mismo que en sus escuelas [...] En tercer lugar, hay que quitarles todos sus libros de oraciones y talmudes, con los que enseñan tanta idolatría, mentiras, maldiciones y blasfemias». La última etapa del método de Lutero para «probar que se es cristiano», era mandar a los judíos a trabajos forzados físicos: «A los judíos y judías jóvenes y fuertes hay que darles en la mano el trillo, el hacha, la azada, la pala, la rueca, el huso y que se ganen el pan con el sudor de su frente». Cuesta identificar —sin reflexionar en ello—, la Reforma con el Humanismo, al igual que resulta difícil el considerar a la Iglesia como un «semillero de oscurantismo y antisemitismo». 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bibliografía recomendada:

 

P. Johnson: La historia de los judíos, Vergara, Barcelona, 2004.

 

J. H. Mundy: Europa en la Alta Edad Media (1150-1309), Aguilar, Madrid, 1980.

 

R. Nisbet: Historia de la idea de progreso, Gedisa, Barcelona, 1981.

 

 

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