¿La vida o la muerte?

autor: Mirosław Rucki

Jesús fue criticado por haber sanado a un enfermo en sábado. Al escuchar aquella crítica, les contestó: “«¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?». Pero ellos callaron”

(Mc 3,4). Hoy, los seguidores de Cristo son criticados por no querer matar a niños no nacidos y por reivindicar el respeto hacia la vida humana desde su origen hasta la muerte natural.

 

La situación ha cambiado radicalmente. Si los fariseos, con buena voluntad e intención de querer cumplir uno de los mandamientos divinos, negaban a la gente actos de misericordia, ahora, en cambio, se hacen caso omiso de los mandamientos y de Dios, con tal de saciar el deseo de la codicia y el poder. No nos engañemos: la industria abortista y anticonceptiva mueve tanto dinero que seguramente nunca querrá renunciar a sus ganancias. Desgraciadamente, ese dinero se gana a cambio de la sangre de víctimas inocentes. No me extraña que todos los que se aprovechan de esos crímenes no sean tacaños a la hora de financiar agresivas campañas, cuyo objetivo es promover el aborto, la anticoncepción y la eutanasia. No obstante, llama la atención el hecho de que la gente corriente, a la que se intenta sacar dinero, apoya sin reparos esta ideología suicida. A esas personas les parece que gozan de su libertad y que nadie puede prohibirles que hagan tal o cual cosa. Mientras tanto, Jesús nos propone otra manera de tratar al prójimo: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas” (Mt 7, 12). Por lo tanto, merece la pena contemplar el problema desde un punto de vista opuesto: ¿quisiera yo ser víctima de un aborto? Después de ver películas como, por ejemplo: “El grito silencioso”, de Bernard Nathanson, estoy convencido de que ningún ser humano querría vivir lo que experimenta un niño mientras lo están matando en el vientre de su madre, en las entrañas maternas, que deberían ser como un escondite seguro para una vida apenas empezada. No creo que haya nadie mentalmente sano que deseara sufrirlo. Si es así, entonces ¿por qué hay tanta gente que quiere matar a niños indefensos, llamándolo además “libertad”? ¿Por qué se burlan públicamente de quienes defienden la vida ya concebida? Encuentro una sola explicación, Jesús mismo dijo: “[...] me odia a mí, porque atestiguo contra él que sus obras son malas” (Jn 7, 7). Luego, dirigiéndose a los apóstoles, dijo lo siguiente: “Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes” (Jn 15, 20). A cualquiera que siga a Jesús y que considere la vida humana como un valor superior y absoluto, el mundo le tendrá odio, porque el mundo hace el mal y se aprovecha del sufrimiento humano. No obstante, ninguno de los que son discípulos de Jesús puede quedarse con los brazos cruzados viendo el éxito del mal. Lo más importante en nuestra actitud frente a la vida humana, es saber a quién pertenecemos. Si somos discípulos de Jesús, tenemos que ser sensibles al daño hecho al prójimo. Tenemos que identificarnos con todos los que sufren, tal y como lo hizo Jesús. También, siguiendo el ejemplo del Salvador, tenemos que defender a los más débiles. Y si por esta razón nos critican, juzgan o incluso persiguen, gozaremos de una bendición especial, de acuerdo con la promesa de Cristo: “Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron” (Mt 5, 11-12). Que estas palabras sirvan de advertencia para los que se consideren católicos y no les interese la suerte de los niños matados antes de nacer. Puede que su indiferencia frente al aborto o (¡ojalá que no sea así!) el hecho de apoyarla, resulten ser razones por cuales Jesús no podrá bendecirles. Puede que el día del Juicio Final, Jesús les diga: “Me asesinaron en el seno materno y tú no protestaste” (Cfr. Mt 25, 41-46).

 

El sucesor de San Pedro, el siervo de Dios Juan Pablo II, escribió: “[...] la defensa y la promoción de la vida no son monopolio de nadie, sino deber y responsabilidad de todos” (Evangelium vitae, núm. 91). Todos pueden participar en la defensa de la vida y, es más, cualquiera que se considere discípulo de Jesucristo y destinatario de las palabras de Juan Pablo II, debería hacer algo por defender la vida. Hoy nos encontramos en una situación crítica. En toda Europa, Polonia es el único país donde la vida de los no nacidos está protegida por Ley y donde está vigente una legislación antiabortiva. Polonia es el único país europeo que rechazó la Ley homicida del aborto sin límites impuesta por otros gobiernos. Una legislación proabortista fue impuesta a los polacos primero por Hitler, y luego por el gobierno comunista controlado desde Moscú. Ahora que vivimos en un país libre y que hemos vuelto a la normalidad, somos como una ciudadela cercada por todas partes, en la cual pueden encontrar amparo los niños amenazados por la muerte. Si ahora tiramos la manta, perjudicaremos el futuro de nuestra nación. Observemos la siguiente paradoja: todos los países europeos experimentan problemas de índole demográfica, mientras que en casi todos esos países se puede matar a un niño no nacido, incluso sin ofrecer ninguna explicación. En todos los países falta mano de obra, pero la eutanasia, que primero fue implantada aparentemente bajo el noble lema de “hacer más corto el sufrimiento”, empieza en los países “avanzados” a abarcar a todos los que “no se las arreglen” en la vida. Existen empresas que ofrecen sus servicios de matar a cualquiera que quiera suicidarse. Ya no hace falta que te ahorques en un árbol: puedes acudir a una empresa como esa y pagarles. El resto, ya no es cosa tuya... Este es el logro más reciente de la “civilización de la muerte”, contra la cual ya hace años advertía Juan Pablo II. Es muy sencillo: si el ser humano reniega de Dios, fundador de la vida, se tiene que morir en su sentido espiritual. Después de un tiempo, también empieza a tender hacia la autodestrucción física.

 

Jesús quiere que actúes enérgicamente. Puedes participar en las Marchas por la Vida que se organicen, realizar una adopción espiritual o apoyar económicamente a asociaciones que luchan por el derecho a vivir y por una muerte digna para todas las personas. Puedes rezar por personas concretas que luchan por el derecho a vivir. Puedes también tomar la palabra en cualquier conversación en que aparezca el tema del aborto y preguntar a sus partidarios si les hubiera gustado que sus madres les hubieran abortado.

Si se ríen de ti, no tengas miedo: el Espíritu Santo se servirá seguramente de tus palabras para despertar las conciencias y, de acuerdo con su promesa, te bendecirá (Cfr. Mt 5, 11). De todas formas, no puedes quedarte de brazos cruzados, como si no pasara nada...

 

 

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