La castidad conyugal (parte I)

autor: Jan Bilewicz

Una de nuestras lectoras nos ha escrito a la redacción: «Llevo 8 años casada. Durante todo este tiempo, nunca le he escuchado a un cura hablar de la castidad conyugal en la Misa dominical, para recordar a los cónyuges las normas principales de la vida sexual en el matrimonio. No dejéis de lado un tema tan delicado. Volved sobre él con la mayor frecuencia posible». Gracias por el aliciente.

 

 

Sabemos lo que significa el concepto de «castidad prematrimonial». Pero ¿qué es la «castidad conyugal»? Cuando hablamos de castidad conyugal, estamos preguntando cuál es la voluntad de Dios en la relación sexual de los cónyuges (la castidad), y qué es lo que se opone a ella (la lujuria). En otras palabras, estamos preguntando qué es bueno y qué resulta pecaminoso. Porque no toda acción tiene por qué ser buena en las relaciones matrimoniales, a pesar de la opinión, bastante extendida, de que sea como sea, pero en el matrimonio uno puede permitírselo todo.

 

Por supuesto, no es lo mismo la castidad prematrimonial (que consiste en la abstinencia total, incluso de pensamiento), que la conyugal (los actos sexuales pueden ser buenos y estar bendecidos por Dios). Ese acto conyugal «santificado» es aquel que cumple con los fines marcados por Dios para él. ¿Cuáles son esos fines de las relaciones conyugales? Existen dos fines inseparables, unidos entre sí: la expresión del amor y de la unión, y la procreación (los actos conyugales deberían permanecer siempre abiertos a la transmisión de la vida). Si no se cumplen ambos fines, los cónyuges están pecando.

 

Una enseñanza paternal

 He aquí un fragmento de otra carta remitida a nuestra redacción: «Mi marido y yo nunca hemos empleado métodos anticonceptivos, desde hace años identifico mis días fértiles a través del método sintotérmico. Sin embargo, durante esos días fértiles no hemos vivido una abstinencia sexual absoluta. Nos acariciamos mutuamente hasta alcanzar un placer pleno. La gente siempre nos había considerado una pareja muy buena y nosotros creíamos que nos amábamos mucho de verdad, y que cada relación sexual surgía de nuestro amor [...] Mi marido no ve ninguna explicación lógica para que guardemos una continencia absoluta durante mis días fértiles. Afirma que, precisamente porque me ama, me quiere abrazar, sentir mi cuerpo, estar junto a mí y tocarme. Y el resultado de esa cercanía es que él se excita cada vez más. No ve nada malo en que gocemos con esas caricias, porque dice que eso nace de nuestro amor y de la entrega y, al mismo tiempo, nos acerca, fortalece cada vez más nuestro amor y nuestra fidelidad mutua».

 

El mal de ciertos pecados nos resulta obvio; el de otros, quizás menos; y el de aquellos de más allá, en absoluto. El bien y el mal no se perciben siempre y por todos nosotros de una manera clara. Nuestra naturaleza ha quedado herida por el pecado original. Por eso erramos a menudo. ¡Hasta los crímenes más grandes pueden interpretarse incluso como un bien! Por ejemplo, exterminar polacos era considerado por la ideología nazi como algo útil y bueno para ampliar el Lebensraum o «espacio vital». Hoy en día, al exterminio de los niños antes de que nazcan se lo denomina «derecho humano». En ambos casos, los que se están equivocando no son unos marginados sociales, sino personas inteligentes, formadas y ejerciendo el poder...

 

El Señor acude en nuestro auxilio para que podamos distinguir el bien y el mal. Los Diez Mandamientos son nuestra luz. Dios Padre, que nos ama y es al mismo tiempo perfectamente omnisciente, enseña a sus hijos. Los mandamientos divinos nos han sido dados para protegernos a nosotros y a los demás del sufrimiento, de la humillación, del daño y de la muerte, los cuales son inseparables de la naturaleza del mal. El pecado destruye al hombre. La Sagrada Escritura habla del siguiente modo: «Huye del pecado como de una serpiente, porque si te acercas, te morderá; sus dientes son dientes de león, que arrebatan la vida de los hombres» (Si 21, 2).

 

La Iglesia, cuando enseña oficialmente asuntos morales, no está propagando las teorías privadas de alguien, sino que transmite las enseñanzas del Padre bueno. Entre otras cosas, la Iglesia fue fundada por Jesucristo para enseñar con la ayuda del Espíritu Santo.

 

Lo importante es que creamos (ya que nos decimos creyentes) en el amor de Dios y de Su Iglesia hacia nosotros, también cuando nos está enseñando verdades difíciles de entender o de cumplir. Porque algunos dicen que no están de acuerdo con esto o eso otro que la Iglesia enseña en temas de ética sexual. ¿Acaso pueden saberlo mejor que Dios? ¿No será la soberbia la que les obliga a hablar así…? ¿No sería más sensato decir: «No lo entiendo» y buscar comprenderlo? Aparte de esto, no se puede esperar para cumplir los mandamientos divinos hasta el momento de su comprensión, pues eso supondría vivir en pecado. Hay que tener confianza, entonces será también más fácil comprender.

 

¿Sexo = amor?

 Tras esta necesaria introducción, volvamos a la carta. Varias cuestiones precisan ser aclaradas: ¿Constituye pecado la manera de comportarse descrita en la carta? El «gozar con las caricias» de esos esposos, ¿es resultado del amor y de la entrega, y fortalece el amor y la fidelidad entre ellos? ¿Por qué un matrimonio debería vivir la continencia en los días fértiles, si no tienen previsto tener un hijo, y acaso existe alguna explicación lógica para ello?

 

«Estimularse con caricias» (es decir, el petting), o hablando sin rodeos, la masturbación recíproca, constituye un pecado grave. El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC) dice: «Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado» (CIC 2352). Se trata de un desorden moral grave, independientemente de que tenga lugar antes de contraer matrimonio o dentro del matrimonio, a solas o con la «ayuda» de alguien... El pecado no puede provenir del amor verdadero. Del verdadero amor no procede ningún mal. Y en segundo lugar, del pecado, en cambio, no se origina nada positivo. El pecado destruye el amor, no lo construye. «El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre [...]» (CIC 1855).

 

Pensemos con lógica. Si cada acto sexual debería fortalecer el amor, ¿por qué, a pesar del indudable crecimiento de la actividad sexual en las últimas décadas, se ha multiplicado el número de divorcios? En EE.UU., la cuna de la «revolución sexual», en 1950 fracasaba uno de cada treinta y seis matrimonios; hoy en día: uno de cada dos. Los divorcios son, pues, el resultado de un déficit de amor. Se puede llegar más lejos con el racionamiento anterior: si cada acto sexual fortalece el amor, habría que recomendar las relaciones prematrimoniales, o mucho mejor aún: el llamado amor libre. En este sentido, las estrellas de las películas porno y las mujeres de costumbres ligeras deberían ser las personas que más aman del mundo... Por supuesto, se trata de unas conclusiones absurdas. Sólo los actos sexuales conformes a las normas dadas por Dios refuerzan el amor. El pecado lo mata.

 

¿Pero qué significa en concreto «amar a tu cónyuge»? ¿En qué consiste el «amor verdadero»?  En la actualidad se habla cada vez más de «hacerle el amor a alguien», pero menos, sin embargo, de «amar a alguien». La primera expresión se refiere ―como es sabido―, a mantener relaciones sexuales con alguien. O sea que, ¿amor = sexo y sexo = amor? Me temo que mucha gente, también gente casada, coloca este símbolo matemático para la igualdad. El hecho de que me guste mi esposa/o; que ella/él me atraiga físicamente; que «lo pasamos tan bien juntos»; que «hacer el amor», es decir, que el acto conyugal nos produzca tanto placer; todo esto no significa todavía que nos estemos amando realmente. El amor no es lo mismo que la atracción física, el deseo, la seducción y el placer. No nos contentemos con esa concepción del amor, de la que continuamente están haciendo publicidad los medios de comunicación laicos. Un «amor» así se puede tener engañando a la mujer con una amante o  con una prostituta. El amor verdadero es mucho, pero mucho más que eso, o incluso algo totalmente diferente.

 

Imaginemos la siguiente situación: un matrimonio joven que se quiere «con locura». Durante el primer año «de miel» todo marcha sobre ruedas. Pero un día sobreviene una tragedia: en un accidente de tráfico la mujer resulta gravemente herida. Durante largos meses se queda ingresada en el hospital con la columna vertebral lesionada. El pronóstico de los médicos es implacable: va a quedarse paralítica para el resto de su vida. ¡Un matrimonio joven! ¿De verdad se querían «con locura»? ¿O era sólo un enamoramiento egoísta, una atracción corporal, un deseo sexual? ¿Reconocerá el marido que tiene derecho a una vida normal, también en el plano sexual, y se buscará a otra persona?

 

«El amor no pasará jamás», escribe San Pablo (1 Cor 13, 8). Amar significa, sobre todo, querer el bien para alguien y hacerle el bien. Merece la pena detenerse a pensar qué es lo que hubiéramos hecho nosotros en una situación como esa. Una respuesta sincera podría indicarnos si de verdad estamos amando... No se puede amar sin el modelo de amor que nos ha dejado Jesús (y que nos recuerdan los crucifijos que cuelgan en nuestras casas), ni sin la perspectiva de una vida eterna y de unión con Dios, única fuente de amor. «El amor al prójimo es inseparable del amor a Dios» (CIC 1878).

 

La fidelidad conyugal

 ¿Fortalece el petting entre los esposos su fidelidad mutua…? Aquí oigo el eco de ese popular mito, según el cual al marido hay que satisfacerlo sexualmente todo el tiempo, pues de lo contrario «se buscará a otra». Se trata de una teoría bastante humillante para los maridos, porque supone que ellos reaccionan al sexo como animales, es decir, que no tienen más remedio que seguir cada impulso sexual, incluso quebrantando el juramento que han prestado a Dios y a su esposa. ¡El ser humano no es un animal! Posee el libre albedrío y con su ayuda puede controlar su impulso sexual. ¡Ojalá que sólo quiera hacerlo!

 

Desgraciadamente, lo que ocurre (cada vez más a menudo) es que dicho mito contiene un trocito de verdad. Algunos hombres se han vueltos adictos al sexo y cuando no reciben la «dosis» que les corresponde, se comportan como un fumador viciado cuando no tiene un cigarrillo a mano, o incluso como un toxicómano sin sus drogas. Esa adicción se ha producido o bien antes del matrimonio (debido a que el hombre no había vivido la virtud de la pureza  antes de casarse), o bien durante el matrimonio, como resultado precisamente de que la esposa haya estado satisfaciendo todos los caprichos sexuales de su marido, sin tener en cuenta ninguna norma moral (o sea, sin vivir la castidad conyugal). Evidentemente: «Al apartarse de la ley moral, el hombre atenta contra su propia libertad, se encadena a sí mismo [...]» (CIC 1740).

 

Lo que el Catecismo enseña sobre la castidad, concierne también a los esposos: «La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí [...]. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado» (CIC 2339). La abstinencia temporal (y en general la moderación) permite preservar la libertad interior. Las relaciones sexuales conyugales son como el vino: consumido con moderación, es agradable y sano; en exceso, daña y produce adicción. Una persona esclavizada por el sexo no va a saber vivir la fidelidad en su matrimonio.

 

Digámoslo con otras palabras. S. Pablo escribe: «Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos [...]» (Col 3, 5); «porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos» (Gál 5, 24). ¿Cuándo vamos a hacerlo, si nunca se guarda la abstinencia? La abstinencia periódica resulta necesaria, o lo que es lo mismo: precisamente ese tiempo para crucificar las pasiones, para domar el cuerpo, para que los cónyuges sean dueños de su cuerpo y no al revés. ¿Acaso no resulta lógico? El deseo sexual crea adicción y mata el amor, es insaciable, busca la novedad y a menudo conduce hacia la infidelidad. No puede dominar sobre las relaciones entre una mujer y un hombre. El que ha de prevalecer es el amor.

 

¿Por qué la abstinencia periódica?

 Sobre la necesidad y los frutos de la abstinencia periódica escribe el Papa Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Esta disciplina, propia de la pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime. Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida familiar frutos de serenidad y de paz [...] favoreciendo la atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos [...]» (Humanae Vitae, 21).

 

Qué importante resulta para los esposos esta «enseñanza paternal» del vicario de Cristo. Las últimas décadas que han transcurrido desde la redacción de la encíclica Humanae vitae muestran que muchos cristianos, sobre todo en Occidente, se parecen más a un niño pequeño que se enfada, patalea y grita «que nadie tiene derecho a limitar su libertad», porque papá le prohíbe jugar con las cerillas y le convence para que haga los deberes del colegio... ¿O quizás toda esa situación no recuerda más al nerviosismo de un adicto, a quien se le sugiere que la vida es más bella sin vicios?

 

 

 

 

 

 

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