La ‘pornificación’ de la sociedad

autor: Mirosław Rucki

Cada segundo se gasta en pornografía 3.075,64 dólares

No cabe duda de que la industria pornográfica se iría a pique si no existiera demanda de sus productos. Pero la demanda más bien no existiría, si la gente no siguiera cayendo en la adicción a la pornografía. No resulta, pues, extraño que los contenidos pornográficos se cuelen por todas partes, sembrando la destrucción moral y psíquica en nuestra sociedad.

 

Un ataque perverso contra tus hijos

Muchas veces oigo a los padres contar con orgullo lo fácil que les resulta a sus hijos navegar por Internet. Se considera una señal de progreso el hecho de que en cada escuela exista una sala de informática, con acceso a la red. Cuantiosas subvenciones de la Unión Europea están destinadas a la “informatización” de la sociedad. El sentido común norma nos obliga a plantearnos cuáles pueden ser las consecuencias de todo esto. Por suerte, disponemos de bastantes países «más desarrollados», de manera que no hace falta que entremos en especulaciones: basta con consultar sus estadísticas, por lo menos las norteamericanas. ¿Qué dicen las cifras sobre Internet en Estados Unidos? Pues esto es lo que reflejan:
• El 12% de todas las páginas en Internet contiene pornografía.
• Cada segundo se gastan en pornografía 3.075,64 dólares.
• 28.258 internautas están viendo pornografía cada segundo.
• 40 millones de estadounidenses son clientes fijos de páginas web pornográficas.
• Una de cada tres personas que miran pornografía es una mujer.
• El 70% de los varones entre 18 y 24 años visita cada mes páginas pornográficas.
• La pornografía por Internet en Estados Unidos mueve 2.840 mil millones de dólares al año.
• Toda la industria pornográfica mundial mueve 4.9 mil millones de dólares al año.
• El 25% de las palabras clave introducidas en los buscadores de Internet está relacionado con la pornografía (68 millones al día).
• 116 mil búsquedas diarias tienen que ver con la pornografía infantil.
• El 35% de los archivos descargados de Internet es pornografía.
• El 34% de los usuarios de Internet se pone en contacto involuntario con la pornografía (ventanas emergentes,
enlaces engañosos o correos basura).
• El 20% de los varones reconoce que ve pornografía en Internet durante sus horas de trabajo.

 

Salta a la vista que la «informatización de la sociedad» norteamericana ha facilitado eminentemente el acceso cómodo a la pornografía. Cualquiera puede cogerla sin esfuerzo, pero eso no lo hacen solamente los que de verdad están firmemente convencidos de ello, sino que en Internet ―como hemos visto― cada uno de nosotros igualmente se encuentra en riesgo de tener un contacto involuntario con la pornografía.

 

Por supuesto, podemos aparentar que esto no nos afecta. Sin embargo, la prensa en Polonia publica que los niños polacos entran por primera vez en Internet de media con 9 años, mientras que el 72% de nuestros adolescentes navega a diario por Internet. No nos hagamos ilusiones, precisamente los adolescentes son y serán el blanco de la industria pornográfica: porque son jóvenes y atractivos; porque se dejan engañar fácilmente; porque se vuelven adictos más rápido; y porque siendo adictos serán clientes mucho más tiempo de las páginas web porno.

 

No podemos dejar solos a nuestros hijos. Es importante que los padres vigilen su manera de usar Internet. Los padres tienen que recordar que con solo instalar únicamente en el ordenador un «filtro parental» no van a resolver el problema. Más del 30% de los jóvenes sabe mejor que sus padres cómo configurarlos y desactivarlos.

 

Adicción a la pornografía

 

Como cada estímulo que provoca una fuerte excitación, la pornografía produce rápidamente adicción. Un hombre adicto a ella ha reconocido: «Cuando pongo la tele sé bien lo que ando buscando. Espero pillar alguna escena erótica. Me digo a mí mismo que lo voy a ver solamente un rato o que apagaré la tele en cuanto me sienta excitado; pero empiezo a liarme y todo acaba en una masturbación. Cuando intento luchar contra este vicio y me voy a la cama, las escenas eróticas que aparecen en mi imaginación no me dejan dormir. Entonces me explico a mí mismo que si me quiero dormir, tengo que hacerlo: veo pornografía y me masturbo; pero mi estado interior solamente empeora. Sigo sin poderme dormir y por la mañana me levanto psíquicamente agotado».

 

Sobre la adicción de su marido, Beth cuenta lo siguiente: «Era un círculo vicioso. Mi marido me echaba la culpa de que yo no estaba satisfaciendo sus “necesidades sexuales”, después se ponía a ver pornografía en Internet, se masturbaba y se sentía un miserable. Yo perdía los nervios y discutía con él, haciendo que él se sintiera todavía peor. Para sentirse mejor, de nuevo se ponía a ver pornografía y otra vez se masturbaba; hasta que al final de todo tuvo una depresión... No estaba en condiciones de dejarlo, porque ―como me enteré después― desde los 12 años había acostumbrando su imaginación a la pornografía. La había estado viendo miles de veces antes de conocerme. Me sentí confusa e impotente, y no sabía cómo ayudarle. Me volví una mujer cada vez más cerrada y amargada.

 

Mucho tiempo después, me puse en contacto con un grupo de esposas de ‘pornohólicos’ o adictos al sexo, y ellas me ayudaron. Junto a mi marido tuvimos que arrimarnos con fuerza a Dios y a nuestra fe católica, para renovar nuestro matrimonio y nuestra confianza mutua. Ahora estoy convencida de que Dios quiere que comparta nuestra experiencia de salvación, de perdón, de esperanza y de transformación. Yo sé que no todas las mujeres que tengan un marido adicto a la pornografía, tienen las mismas historias que yo; pero también sé que los parecidos son bastante grandes como para que una pueda recuperar la esperanza gracias al testimonio de otras personas. Hay esperanza, no estáis solas y seguramente vuestro afán por salvar a vuestros maridos de la pornografía no es ninguna locura».

 

Hay más datos para reflexionar. En Estados Unidos, entre las personas que se declaran cristianas, más del 50% de los hombres y el 20% de las mujeres son adictos a la pornografía.

 

La pornografía destruye el matrimonio

 

Desgraciadamente, esto afecta a cada matrimonio, tanto a los de personas creyentes, como a los no creyentes. Incluso los que consideran la pornografía como algo natural, se acaban volviendo sus víctimas. Precisamente la pornografía se ha convertido en la causa de más de la mitad de los divorcios en Estados Unidos. Cualquier persona, independientemente de su credo, se da cuenta de que la vida sexual es un terreno sagrado y que la pornografía destruye sacrílegamente todo aquello que es bueno en las relaciones conyugales. Una de las esposas que estaba sufriendo por culpa de la pornografía, lo expresaba de la siguiente manera: «Cuando no estoy en condiciones de hacer el amor con mi marido o no quiero hacer todo eso que hacen las mujeres en sus fantasías sexuales, él me echa en cara que soy una mojigata. Cuando estoy sin arreglar, pero no le recuerdo a mi marido a esas modelos que él admira, me dice que estoy gorda. Cuando soy yo la que tiene ganas de hacer el amor, a diferencia de esas imágenes inertes de las revistas, entonces a mi marido le parece que soy demasiado exigente».

 

Resulta totalmente infundado afirmar que exista alguien a quien la pornografía le haya ayudado a construir sus relaciones matrimoniales. Es precisamente ella la que destruye esas relaciones, dejando una profunda herida tanto en el hombre como en la mujer.

 

La pornografía destruye al hombre

 

¿De qué manera? Simplemente, privándole de la capacidad de ser varón, ya que la masculinidad consiste en saber renunciar a uno mismo por la persona amada. Precisamente por eso, San Pablo recuerda a los maridos cómo tiene que ser su amor: «Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5, 25). Así es la verdadera masculinidad, ya que solamente un hombre maduro resulta capaz de amar de esta manera.

 

La pornografía crea en el hombre una imagen falsa de la masculinidad y de la feminidad basada en comportamientos sexuales, y con frecuencia en desviaciones sexuales. En vez de buscar el bien de la mujer, renunciando a sí mismo, el varón despoja a la mujer de su dignidad, para satisfacer sus propios deseos. No nos engañemos: nadie siente respeto ni admiración por las mujeres que se exhiben en la pornografía. Si una imagen pornográfica no produce excitación, nadie le presta atención. El valor de la mujer en la pornografía se reduce a su capacidad de estimular excitación, independientemente de qué tipo de persona sea. Como consecuencia de ello, el hombre rechaza el amor de Dios, a quien debería imitar en el amor, lo cual conduce únicamente a la frustración y al descontento. Buscando en la pornografía estímulos sexuales, el hombre percibe a la mujer solo como una fuente de placer, como algo que tiene que saciar sus «necesidades» eróticas. En último término, como esas «necesidades» no tienen en cuenta ninguna relación interpersonal, su «satisfacción» puede lograrse incluso sin una mujer y se reduce a la masturbación, frustrante y humillante.

 

La pornografía crea adicción, pero no da la satisfacción. Solamente el amor verdadero ofrece una satisfacción auténtica, que se expresa al experimentar el amor mutuo y en la presencia de Jesús dentro de la unión conyugal.

 

La pornografía destruye a la mujer

 

El corazón de cada mujer anhela un amor verdadero y la belleza que esto conlleva. La pornografía destruye completamente todo a lo que la mujer aspira de forma natural, volviendo sus esperanzas y deseos en vanas fantasías. Cada mujer percibe la pornografía a su manera, pero independientemente de ello, cada una después de tener contacto con la pornografía se queda herida y desolada. En la mayoría de los casos, la mujer presenta un sentimiento de rechazo, de soledad, de vergüenza, de falta de autoestima, de incapacidad para confiar y amar.

Escuchemos el testimonio de Lauren: «Recuerdo que estábamos sentados en la habitación de arriba con unos amigos, cuando uno de ellos propuso que viéramos su colección de revistas porno. Lo digo con franqueza: lo que sentí fue horrible. Tan solo teníamos 13 años y yo no era la única del grupo que estaba viendo aquella pornografía con “mirada inocente”. Me duele cuando recuerdo el cambio significativo que se produjo en algunos de aquellos chicos después de ver aquellas imágenes».

La pornografía ataca la esencia misma de la feminidad. Infesta el corazón de la mujer, se infiltra en su matrimonio, destruye su autoestima y la está obligando a creer en la mentira de que si no hay atracción sexual, entonces ella no vale nada. La mujer tiene que creerse que no es más que un juguete para la «diversión» del hombre. Frente a la pornografía la mujer nunca es suficiente, es decir: nunca es lo suficientemente hermosa, ni lo suficientemente sexy ni lo suficientemente provocativa. Simplemente es insuficiente.

 

El testimonio de una estrella porno

 

Resulta fácil comprender las causas del mal que acompaña a la pornografía, si nos damos cuenta de la gran mentira que encierra dentro de ella. June, una ex estrella porno, confiesa: «Este trabajo hizo que perdiera completamente la fe en el amor y en el matrimonio (casi todos los clientes están casados), y en la existencia de hombres honrados. Los hombres vienen para empalmarse, porque se creen que esas chicas los quieren. Pero ellas no los quieren en absoluto. No puedo entender cómo un hombre puede excitarse, sabiendo que las chicas están fingiendo su interés por él. Ellas no te quieren a ti: quieren tu dinero. Las chicas se comportan de tal manera como si estuvieran sintiendo placer con eso, pero no es verdad».

 

Jennifer Case empezó a trabajar a los 18 años como actriz porno. Con 20 años se convirtió en una estrella porno de Hollywood y pasó unos 15 años en el negocio de la pornografía. Una de las primeras mentiras con las que se topó fue la falsificación de certificados médicos. Recibió un certificado con el test del SIDA, pero jamás se había sometido a esas pruebas.

 

Jennifer dice: «Durante esos años tuve muchas infecciones diferentes de transmisión sexual. Tuve que irme de Hollywood, porque caí gravemente enferma de clamidiasis. Mis genitales estaban tan dañados que el médico que me examinaba llamó a un grupo de estudiantes, para enseñarles las lesiones del cuello de mi matriz. Ese “trabajo” mío era perjudicial para mi cuerpo, que se envejeció muy deprisa».

 

Resulta difícil hablar de felicidad en tales condiciones. Por eso Jennifer, que tenía que simular alegría y placer ante las cámaras, cuenta: «No es verdad que a las estrellas porno les guste hacer esto y que estén dando rienda suelta a sus fantasías. Eso es una mentira que ayuda a algunas de ellas a sentirse mejor por un momento. Cuando estaba grabando porno, soñaba con que aquello se terminara lo más pronto posible, para cobrar el dinero que me hacía falta. Pensaba que tenía que hacer eso para tener con qué vivir. Mis ilusiones habitualmente tenían que ver con una vida normal y soñaba preguntándome cómo sería la vida fuera de aquella pesadilla. Cuando ves pornografía, estás viendo una mentira que te está destruyendo».

 

Para intentar paliar su trauma psicológico, que iba en aumento debido a su trabajo en el negocio del porno, Jennifer consumía mucho alcohol, mantenía relaciones sexuales y tomaba drogas. «Ya a los 21 años bebía mucha vodka y me di cuenta pronto de que el sexo actúa como las drogas. Pues me acostaba con muchos hombres diferentes, incluso fuera de mi trabajo. Pero resultó que la mezcla de alcohol, marihuana y sexo, me hacía incluso más miserable, dejándome abatida en la soledad y la depresión».

 

En el corazón de Jennifer, el odio hacia todos los hombres iba en aumento, pero sobre todo hacia los consumidores de pornografía. Le parecía que todos los hombres son unos pervertidos, que lo único que quieren de las mujeres es única y exclusivamente sexo. «Ahora entiendo que los hombres también son víctimas del negocio de la pornografía. Algunos de ellos han pagado a un gran precio su adicción, perdiendo a su familia y su trabajo. Es triste y trágico que la pornografía esté destruyendo a la gente que la crea, pero también a los que la ven. Ahora esto resulta evidente para mí» ―afirma.

 

Esos años de participación activa en el negocio del porno le dejaron unos traumas muy graves. Jennifer piensa que sin la ayuda de Dios le hubiera resultado imposible volver a tener una vida normal: «Siento que mi única posibilidad para curarme es vivir con Dios. Dios me concede la esperanza que no había tenido antes. ¡Sé que Jesucristo es el único camino que me sacará de esto para siempre! Jesús me ha salvado la vida. Su amor es increíble, jamás había experimentado yo un amor parecido a éste. Día tras día, Jesús está renovando mi mente».

 

Jennifer no puede quedarse indiferente frente a la pornografía, la cual había arruinado su vida. «Estoy segura de que Dios quiere que vuelva a esa pesadilla, para ayudarle a salvar a la gente. Cuando veo a esas chicas jóvenes, me acuerdo de mí misma cuando tenía 18 años. Entonces no tenía a nadie a quien pudiera dirigirme, no había organizaciones como Cruz Roja. Amo esta fundación y voy a trabajar junto con ella» ―añade.

      

Fuente amarga y frutos amargos

 

Nuestro Señor Jesucristo no enseña lo siguiente: «Así, todo árbol bueno produce frutos buenos y todo árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo, producir frutos buenos. Al árbol que no produce frutos buenos se lo corta y se lo arroja al fuego. Por sus frutos, entonces, ustedes los reconocerán» (Mt 7, 17-20). ¿Acaso necesitamos más frutos amargos para convencernos de que la pornografía es algo malo? En mi opinión, el asunto ha quedado lo suficientemente claro: la pornografía es una mentira que destruye a la familia, a los hombres y a las mujeres; y que ataca de una forma perversa a los niños.

 

En la Carta de Santiago se apela a nuestro sentido común: «Pero no debe ser así, hermanos. ¿Acaso brota el agua dulce y la amarga de una misma fuente? [...] Tampoco el mar puede producir agua dulce. El que se tenga por sabio y prudente, demuestre con su buena conducta que sus actos tienen la sencillez propia de la sabiduría» (St 3, 10-13).

 

Si eres una persona sensata, tus acciones tienen que ser impecables. Tienes que defenderte a ti mismo y a tus hijos de la pornografía, para que no te conviertas en un árbol que produce frutos malos.

 

Considera si no merece la pena que: «Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti» (Mt 5, 29); y renunciar a los beneficios de la televisión y de Internet, porque es más fácil evitar la adicción que remediar luego los trastornos psicosexuales causados por la pornografía.

 

Solamente hay una salida

 

 Numerosos testimonios de personas curadas de adicciones sexuales (incluida la adicción a la pornografía de Internet) demuestran que solamente hay una vía de escape: confiar en Jesús y apartarse de la fuente misma del pecado. Igual que con cualquier otra adicción, esa persona tiene que reconocer que es adicta y que por sus propias fuerzas no puede cortar con esa dependencia. Solamente a partir de ese momento, tiene posibilidades de una confesión verdadera y purificadora. En el sacramento de la Penitencia, Nuestro Señor Jesucristo es capaz de purificar el alma de todas sus impurezas, pero el ser humano tiene que aspirar de modo consecuente a su salvación y aborrecer de cualquier pecado, pero sobre todo de la pornografía, que es la causa de su adicción. En muchos casos, salir de la adicción supone un proceso largo y doloroso, que exige la ayuda de especialistas y otros adictos que se estén curando de su dependencia. Ya existen grupos de ‘Sexohólicos Anónimos’, que proponen los doce pasos y las doce tradiciones en su camino hacia la recuperación.

 

Pero no vale la pena esperar hasta que esa adicción destruya a nuestra familia y a nuestros hijos. Si cortamos de raíz con la pornografía y nos entregamos a Jesús en el Movimiento de los Corazones Puros o en el Movimiento de los Corazones Puros para Matrimonios; gracias a ello podemos recibir una protección más eficaz: «A aquel que puede preservarlos de toda caída y hacerlos comparecer sin mancha y con alegría en la presencia de su gloria, al único Dios que es nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, el honor, la fuerza y el poder, desde antes de todos los tiempos, ahora y para siempre. Amén» (Judas 1, 24-25).

 

No puedes quedarte indiferente ante un mal tan grande, que te está atacando a ti y a tu entorno más próximo. No te puedes quedar callado cuando alguien te incite a ti o a otras personas a ver pornografía, cuando alguien te diga que no es nada malo, o cuando alguien esté apoyando al negocio del porno. Viendo la inmensidad del mal, tienes que ponerte radicalmente del lado de Nuestro Señor Jesucristo, quien cura todas las heridas y protege de las caídas a cualquiera que persevere junto a Él.

 

En el artículo se han empleado datos y testimonios publicados por Porn Addiction Help: www.whodoesithurt.com

 

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